lunes, 16 de julio de 2018

Ondeaban como banderas las pieles puestas a secar

«Los siglos habían elevado el nivel de la calle, convirtiendo en cueva lóbrega la blanquearía del señor Vicente. La puerta por donde entraban sus abuelos se había empequeñecido por abajo, hasta convertirse poco menos que en una ventana. Cinco escalones descendentes comunicaban la calle con el piso húmedo de la tenería, y en lo alto, junto a un arco ojivo, vestigio de la Valencia medioeval, ondeaban como banderas las pieles puestas a secar, esparciendo el insoportable hedor del curtido. El viejo no envidiaba a los “modernos” en sus despachos de comerciantes ricos. De seguro que se avergonzaban al pasar por su callejón y verle, a la hora del almuerzo, tomando el sol, arremangado de brazos y piernas, mostrando sus flacos miembros tenidos de rojo, con el orgullo de una vejez fuerte que le permitía batallar diariamente con las pieles.

Valencia preparaba las fiestas del centenario de uno de sus santos famosos, y el gremio de los blanquers, como los otros gremios históricos, quería contribuir a ellas. El señor Vicente, con el prestigio de los años, impuso su voluntad a todos los maestros. Los blanquers debían quedar como lo que eran. Todas las glorias de su pasado arrinconadas en la capilla habían de figurar en la procesión. Ya era hora de que saliesen a luz, ¡cordons! Y su mirada, vagando por la capilla, parecía acariciar las reliquias del gremio: los atabales del siglo XVI, grandes como tinajas, que guardaban en sus parches los roncos clamores de la revolucionaria Germania; el gran farolón de madera tallada, arrancado de la popa de una galera; el pendón de la blanquearía, de seda roja, con bordados de un oro verdoso por los siglos».

El último león

Vicente Blasco Ibáñez



Curtidores en uno de los huertos del barrio del Carmen. Años 20

València en blanc i negre

Cortesía de José Navarro Escrich

sábado, 14 de julio de 2018

Era el más viejo de los curtidores de Valencia

«Apenas se reunió la junta del respetable gremio de los blanquers (1) en su capilla, inmediata a las torres de Serranos, el señor Vicente pidió la palabra. Era el más viejo de los curtidores de Valencia. Muchos maestros, siendo aprendices, le habían conocido igual que era ahora, con su bigote blanco en forma de cepillo, la cara hecha un sol de arrugas, los ojos agresivos y una delgadez esquelética, como si todo el jugo de su vida se hubiese perdido en el diario remojón de los pies y los brazos en las tinas del curtido.

Él era el único representante de las glorias del gremio, el último superviviente de aquellos blanquers honra de la historia valenciana. Los nietos de sus antiguos camaradas se habían pervertido con el progreso de los tiempos: eran dueños de grandes fábricas con centenares de obreros, pero se verían apurados si les obligaban a curtir una piel con sus manos blandas de comerciantes. Solo él podía llamarse blanquer, trabajando diariamente en su casucha, cercana a la casa gremial; maestro y obrero a un tiempo, sin otros auxiliares que los hijos y los nietos; el taller a la antigua usanza, con un dulce ambiente de familia, sin amenazas de huelga ni disgustos por la cuantía del jornal».

El último león

Vicente Blasco Ibáñez

(1) «Otro Gremio que con sus distintas variantes, "assaonadors" o zurradores, "blanquers" o curtidores y "guanters" o guanteros, proporcionó fama al Barrio y cuyo nombre perdura rotulando una de las más populares vías del callejero valenciano, fue el dels Blanquers. Se dedicaba a adobar o aderezar y curar las pieles para ser trabajadas posteriormente en la fábrica de guantes, zapatos, bolsos, etc. Y es que el tratamiento de las pieles fue un oficio abundante en toda la vieja demarcación del Barrio». 

http://valenciaysuhistoria.blogspot.com/2012/01/los-gremios-medievales-y-sus-patrones.html


Curtidores trabajando en un taller de curtidos del barrio del Carmen. 1925 

Subida por Juan David Forner‎ a VAHG

jueves, 12 de julio de 2018

Creume, fill meu, te portarán desgrasia

«La tarde en que se terminó la siembra vieron avanzar por el inmediato camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron medrosas en el límite del campo: 

Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el cayado por delante, tanteando el terreno. 

La familia lo miró con atención. Era el único que en las dos semanas que allí estaban se atrevía a aproximarse a las tierras. Al notar la vacilación de sus ovejas, gritó para que pasasen adelante. 

Batiste salió al encuentro del viejo. No se podía pasar: las tierras estaban ahora cultivadas. ¿No lo sabía?... 

Algo de ello había oído el tío Tomba, pero en las dos semanas anteriores había llevado su rebaño a pastar los hierbajos del barranco de Carraixet, sin preocuparse de estos campos... ¿De veras que ahora estaban cultivados? 

Y el anciano pastor avanzaba la cabeza, haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenía por imposible. 

Calló un buen rato, y, al fin, comenzó a murmurar tristemente: «Muy mal; él también, en su juventud, había sido atrevido; le gustaba llevar a todos la contraria. Pero ¡cuando son muchos los enemigos!... Muy mal; se había metido en un paso difícil. Aquellas tierras, después de lo del pobre Barret, estaban malditas. Podía creerle a él, que era viejo y experimentado; le traerían desgracia.» 

Y el pastor llamó a su rebaño, le hizo emprender la marcha por el camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus descarnados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el porvenir o de profeta que husmea la ruina, le gritó a Batiste: 

—Creume, fill meu, te portarán desgrasia!... (Créeme, hijo mío; ¡te traerán desgracia!..)»

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Ilustración de José Benlliure para "La barraca"