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jueves, 18 de junio de 2026

¡Tan bueno que era el pobre tío Barret!

«Pepeta olvidó su actitud fría y reservada para unirse a la indignación de la muchacha. Verdad, todo verdad; aquel tío avaro tenía la culpa. La huerta entera lo sabía. ¡Válgame Dios, y cómo se pierde una casa! ¡Tan bueno que era el pobre tío Barret! ¡Si levantara la cabeza y viese a sus hijas!... Ya sabían en la huerta que el pobre padre había muerto en el presidio de Ceuta hacía dos años; Y en cuanto a la madre, la infeliz vieja había acabado de padecer en una cama del hospital. ¡Las vueltas que da el mundo en diez años! ¿Quién les hubiese dicho a ella y a sus hermanas, acostumbradas a vivir en su casa como reinas, que acabarían de aquel modo? ¡Señor! ¡Señor! ¡Libradnos de una mala persona!...».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Fotograma de la serie "La barraca"

domingo, 17 de mayo de 2026

El chocar de la loza, todos los ruidos de la limpieza matinal

«Tras los árboles y las casas que cerraban el horizonte asomaba el sol como enorme oblea roja, lanzando horizontales agujas de oro que obligaban a taparse los ojos. Las montañas del fondo y las torres de la ciudad iban tomando un tinte sonrosado; las nubecillas que bogaban por el cielo coloreábanse como madejas de seda carmesí; las acequias y los charcos del camino parecían poblarse de peces de fuego. Sonaba en el interior de las barracas el arrastre de la escoba, el chocar de la loza, todos los ruidos de la limpieza matinal».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

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domingo, 26 de abril de 2026

En los rojizos surcos saltaban las alondras

«Ya era de día completamente.

El espacio se había limpiado de tenues neblinas, transpiración nocturna de los húmedos campos y las rumorosas acequias. Iba a salir el sol. En los rojizos surcos saltaban las alondras con la alegría de vivir un día más, y los traviesos gorriones, posándose en las ventanas todavía cerradas, picoteaban las maderas, diciendo a los de adentro con su chillido de vagabundos acostumbrados a vivir de gorra: "¡Arriba, perezosos! ¡A trabajar la tierra para que comamos nosotros!..."».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barracas en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

sábado, 25 de abril de 2026

En las puertas de las barracas saludábanse los que iban hacia la ciudad

«En las puertas de las barracas saludábanse los que iban hacia la ciudad y los que se quedaban a trabajar los campos.

—Bon día mos done Deu! (¡Buen día nos dé Dios!)

—Bon día!

Y tras este saludo, cambiado con toda la gravedad propia de una gente que lleva en sus venas sangre moruna y sólo puede hablar de Dios con gesto solemne, se hacía el silencio si el que pasaba era un desconocido, y si era íntimo se le encargaba la compra en Valencia de pequeños objetos para la mujer o para la casa».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

miércoles, 15 de abril de 2026

Despertaba la huerta

«Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez más ruidosos. Rodaba el canto del gallo de barraca en barraca. Los campanarios de los pueblecitos devolvían con ruidoso badajeo el toque de misa primera que sonaba a lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la distancia. De los corrales salía un discordante concierto animal: relinchos de caballos, mugidos de corderos, ronquidos de cerdos; un despertar ruidoso de bestias que, al sentir la fresca caricia del alba cargada del acre perfume de vegetación, deseaban correr por los campos».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

domingo, 22 de marzo de 2026

De las techumbres de paja de las barracas salían las bandadas de gorriones

«Desperezóse la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer, ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterráneo.

Los últimos ruiseñores, cansados de animar con sus trinos aquella noche de otoño, que, por lo tibio de su ambiente, parecía de primavera, lanzaban el gorjeo final como si los hiriese la luz del alba con sus reflejos de acero. De las techumbres de paja de las barracas salían las bandadas de gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, Y las copas de los árboles empezaban a estremecerse bajo los primeros jugueteos de estos granujas del espacio, que todo lo alborotaban con el roce de sus blusas de plumas.

Apagábanse lentamente los rumores que habían poblado la noche: el borboteo de las acequias, el murmullo de los cañaverales, los ladridos de los mastines vigilantes».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barracas en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Se marcaban como indecisas manchas los blancos frontones de las barracas inmediatas

«La luz del farolón había sido aumentada con la de dos quinqués, colocados sobre la mesa del estrado. Detrás de la verja estaban los arrendatarios de la Albufera, y tras ellos, hasta la pared del fondo, los cazadores abonados perpetuamente al lago, que ocupaban este sitio por derecho propio. Al otro lado de la verja, llenando el portal y esparciéndose fuera de la casa, estaban los barqueros, los cazadores pobres, toda la gente menuda que acudía a las tiradas. Un hedor de mantas húmedas, de pantalones manchados de barro, de aguardiente y tabaco malo, esparcíase sobre el gentío que se estrujaba contra la verja. Las blusas impermeables de los cazadores resbalaban sobre los cuerpos cercanos con un chirrido que aguzaba los dientes. En el gran marco de sombra de la puerta abierta se marcaban como indecisas manchas los blancos frontones de las barracas inmediatas».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca de Montoliú

El Saler

Todocolección

martes, 10 de septiembre de 2024

Las mujeres apenas salían de las barracas

«Llegó la gran fiesta del Palmar, la del Niño Jesús.

Era en diciembre. Sobre la Albufera soplaba un viento frío que entumecía las manos de los pescadores, pegándolas a la percha. Los hombres llevaban gorros de lana hundidos hasta las orejas y no se quitaban el chubasquero amarillo, que al andar producía un frufrú de faldas huecas. Las mujeres apenas salían de las barracas; todas las familias vivían en torno del hogar, ahumándose tranquilamente en una atmósfera densa de cabaña de esquimales».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en La Albufera

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domingo, 22 de octubre de 2023

Se había metido en su casa del Cabañal

«El capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano de mar, y trataba su barco como a un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones maravillosas.

Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían apodado el Capitán Magnífico, y así seguían llamándole los pocos marineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.

Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de la trata se había metido en su casa del Cabañal, viendo pasar la vida ante su puerta, sin otra distracción que jurar como un condenado cuando el reuma le hacía permanecer inmóvil en su asiento».

Lobos de mar

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Calle de la Reina esquina Vicente Guillot


sábado, 19 de agosto de 2023

La montera de negra paja con crucecitas en los extremos

«Hasta los papeles de Valencia hablaban de lo que sucedía en la huerta, donde al anochecer se cerraban las barracas y reinaba un pánico egoísta, buscando cada cual su salvación, olvidando al vecino. Y a todo esto, el tío Batiste, alcalde de aquel distrito de la huerta, echando rayos por la boca cada vez que las autoridades, que le respetaban como potencia electoral, hablábanle del asunto, y asegurando que él y su fiel alguacil, el Sigró, se bastaban para acabar con aquella calamidad.

A pesar de esto, Sento no pensaba acudir al alcalde. ¿Para qué? No quería oír en balde baladronadas y mentiras.

Lo cierto era que le pedían cuarenta duros, y si no los dejaba en el horno le quemarían su barraca, aquella barraca que miraba ya como un hijo próximo a perderse; con sus paredes de deslumbrante blancura, la montera de negra paja con crucecitas en los extremos, las ventanas azules, la parra sobre la puerta como verde celosía, por la que se filtraba el sol con palpitaciones de oro vivo; los macizos de geranios y dompedros orlando la vivienda, contenidos por una cerca de cañas; y más allá de la vieja higuera el horno, de barro y ladrillos, redondo y achatado como un hormiguero de África. Aquello era toda su fortuna, el nido que cobijaba a lo más amado: su mujer, los tres chiquillos, el par de viejos rocines, fieles compañeros en la diaria batalla por el pan, y la vaca blanca y sonrosada que iba todas las mañanas por las calles de la ciudad despertando a la gente con su triste cencerreo y dejándose sacar unos seis reales de sus ubres siempre hinchadas».

Golpe doble

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

domingo, 13 de agosto de 2023

La pobre Borda pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera

«Aquellas hojas no caían nunca. Sospechaba que tal vez fuese una tontería, pero su afán por lo maravilloso la hacía sentir esperanzas, y como el que busca la curación al pie de imagen milagrosa, la pobre Borda pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera, que la protegía con la sombra de sus punzantes ramas.

Allí pasó el verano, viendo cómo el sol, que no la calentaba, hacía humear la tierra, cual si de sus entrañas fuese a sacar un volcán; allí la sorprendieron los primeros vientos de otoño, que arrastraban las hojas secas. Cada vez estaba más delgada, más triste, con una finura tal de percepción, que oía los sonidos más lejanos. Las mariposas blancas que revoloteaban en torno de su cabeza pegaban las alas en el sudor frío de su frente, como si quisieran tirar de ella arrastrándola a otros mundos donde las flores nacen espontáneamente, sin llevarse en sus colores y perfumes algo de la  vida de quien las cuida.

Las lluvias de invierno no encontraron ya a la Borda. Cayeron sobre el encorvado espinazo del viejo, que estaba, como siempre, con la azada en las manos y la vista en el surco».

Primavera triste

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Barracas en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

martes, 1 de agosto de 2023

Y el monótono canturreo de aquella acequia fangosa

«La pobre Borda no se quejaba. Ella también quería trabajar mucho, para que nunca les quitasen el pedazo de tierra en cuyos senderos aún creía ver el zagalejo remendado de aquella vieja hortelana a la que llamaba madre cuando sentía la caricia de sus manos callosas.

Allí estaba cuanto quería en el mundo: los árboles que la conocieron de pequeña y las flores que en su pensamiento inocente hacían surgir una vaga idea de maternidad. Eran sus hijas, las únicas muñecas de su infancia, y todas las mañanas experimentaba la misma sorpresa viendo las flores nuevas que surgían de sus capullos, siguiéndolas paso a paso en su crecimiento, desde que, tímidas, apretaban sus pétalos como si quisieran retroceder y ocultarse, hasta que, con repentina audacia, estallaban como bombas de colores y perfumes.

El huerto entonaba para ella una sinfonía interminable, en la cual la armonía de los colores confundíase con el rumor de los árboles y el monótono canturreo de aquella acequia fangosa y poblada de renacuajos, que, oculta por el follaje, sonaba como arroyuelo bucólico».

Primavera triste

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Barracas en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

martes, 23 de mayo de 2023

Habían prendido fuego a su barraca por sus cuatro costados

«¡Recordóns!... ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!... Habían prendido fuego a su barraca por sus cuatro costados; toda ella ardía de golpe. Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de llamas imponentes.

Partían de él relinchos desesperados, cacareos de terror, gruñidos feroces; pero la barraca, insensible a los lamentos de los que se tostaban en sus entrañas, seguía arrojando curvas lenguas de fuego por las puertas y los ventanos. De su incendiada cubierta elevábase una espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendió tomaba transparencias de rosa».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Fotograma de la serie de RTVE "La barraca"

lunes, 15 de mayo de 2023

Batiste pasó la tarde tirando

«Batiste pasó la tarde tirando. En su faja quedaban ya pocos cartuchos, y a sus pies, como montón de plumas ensangrentadas, tenía hasta dos  docenas de pájaros. ¡La gran cena!... ¡Cómo se alegraría su familia!

Empezó a anochecer en el profundo barranco; de las charcas surgió un hálito hediondo, la respiración venenosa de la fiebre palúdica. Las ranas cantaban a miles, como si saludasen a las primeras estrellas, contentas de no oír ya los tiros que interrumpían su croqueo y las obligaba a arrojarse medrosamente de cabeza, rompiendo el terso cristal de los estanques putrefactos.

Recogió Batiste los manojos de pájaros, colgándolos de su faja, y con sólo dos saltos subió el ribazo, emprendiendo por las sendas el regreso a su barraca».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi

jueves, 27 de abril de 2023

Amaban al lago y por eso se quedaron en él

«Era verdad que al principio no existían otros pescadores en la Albufera que los que vivían a la sombra del campanario de Catarroja. En aquellos tiempos no se podía hacer vida cerca del mar. Los piratas berberiscos amanecían a lo mejor en la playa, arramblando con todo, y la gente honrada y trabajadora tenía que guarecerse en los pueblos para que no le adornasen el cuello con una cadena. Pero, poco a poco, en tiempos más seguros, los verdaderos pescadores, los puros, los que huían del trabajo de las tierras como de una abdicación deshonrosa, se habían trasladado al Palmar, evitándose así todos los días un viaje de dos horas antes de tender las redes. Amaban al lago y por eso se quedaron en él. ¡Nada de escoberos! Los del Palmar eran tan antiguos como los otros. A su abuelo le había oído muchas veces que la familia procedía de Catarroja, y aún debían quedarle por allá parientes, de los que nada quería saber».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La Albufera

https://www.delcampe.net/es/

domingo, 26 de marzo de 2023

Y perdería el Palmar las ventajas de su privilegio de los redolíns

«El tío Paloma hablaba de los tiempos pasados, cuando la gente no se multiplicaba como los conejos de la Dehesa y sólo entraban en el sorteo unos sesenta pescadores, únicos que constituían la Comunidad. ¿Cuántos eran ahora? En el sorteo del año anterior habían figurado más de ciento cincuenta. Si continuaba creciendo la población, serían más los pescadores que las anguilas y perdería el Palmar las ventajas de su privilegio de los redolíns, que le daba cierta superioridad sobre los otros pescadores del lago».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Una calle de El Palmar

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viernes, 27 de enero de 2023

Por Navidad y por San Juan, emprendía el camino de Valencia

«El valentón relataba modestamente sus glorias. Todos los años, por Navidad y por San Juan, emprendía el camino de Valencia, tole, tole, para ver a la propietaria de sus tierras. Otros llevaban el buen par de pollos, la cesta de tortas, la banasta de frutas para enternecer a los señores, para que aceptasen la paga incompleta, lloriqueando y prometiendo redondear la suma más adelante. El sólo llevaba palabras, y no muchas.

Su ama, una señorona majestuosa, lo recibía en el comedor de su casa. Por allí cerca andaban las hijas, unas señoritingas siempre llenas de lazos y colorines.

Doña Manuela echaba mano a la libreta para recordar los semestres que Pimentó llevaba atrasados... «Venía a pagar, ¿eh?...» Y el socarrón, al oír la pregunta de la señora de Pajares, siempre contestaba lo mismo: «No, señora; no podía pagar porque estaba sin un cuarto.» Sabía que con esto se acreditaba de pillo. Ya lo decía su abuelo, que era persona de mucho saber: «¿Para quién se han hecho las cadenas? Para los hombres. ¿Pagas? Eres buena persona. ¿No pagas? Eres un pillo.»

Y después de exponer este curso breve de filosofía rústica, apelaba al segundo argumento, que era sacar de su faja una tagarnina de tabaco negro con una navaja enorme, y comenzaba a picarla para liar un cigarrillo».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Camino Vecina

Todocolección

domingo, 15 de enero de 2023

Las pilastras blancas sostenían una parra vetusta

«Además, contaba Copa con su cuarto—despensa, donde estaban en tinajas grandes como monumentos las verdes aceitunas partidas y las morcillas de cebolla conservadas en aceite; artículos de mayor despacho. Al final de la taberna abríase la puerta del corral, enorme, espacioso, con su media docena de fogones para guisar las paellas. Las pilastras blancas sostenían una parra vetusta, que daba sombra a tan vasto espacio, y, apilados a lo largo de un lienzo de pared, taburetes y mesitas de cinc, en tan prodigiosa cantidad, que parecía haber previsto Copa la invasión de su casa por la vega entera».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

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domingo, 20 de noviembre de 2022

Por el pedazo de tierra inculta que daba entrada al carro

«Este tranquilo paisaje era la idealización de una Arcadia laboriosa y feliz. Allí no podía existir gente mala. Batiste desperezabase con voluptuosidad, dominado por el bienestar tranquilo de que parecía  impregnado el ambiente. Roseta, con los chicos, se había ido al baile de la alquería; su mujer dormitaba bajo el sombrajo, y él se paseaba desde su vivienda al camino, por el pedazo de tierra inculta que daba entrada al carro.

En pie en el puentecito, iba contestando a los saludos de los vecinos, los cuales pasaban riendo como si fuesen a presenciar un espectáculo graciosísimo».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi


sábado, 12 de noviembre de 2022

¡Qué tierras las de la vega!...

«Había que dar gracias a Dios, que le permitía al fin vivir tranquilo en aquel paraíso. ¡Qué tierras las de la vega!... Por algo, según las historias, lloraban los moros al ser arrojados de allí.

La siega había limpiado el paisaje echando abajo las masas de trigo matizadas de amapolas que cerraban la vista por todos lados como murallas de oro. Ahora la vega parecía mucho más grande, infinita, y extendía hasta perderse de vista los grandes cuadros de tierra roja, cortados por sendas acequias».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Barraca en la huerta de Valencia

Barberá Masip

Bivaldi