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lunes, 8 de junio de 2026

Teniendo al lado el cesto de la ropa para lavar

«Las mujeres agachábanse en los ribazos, teniendo al lado el cesto de la ropa para lavar. Saltaban en las sendas los pardos conejos, con su sonrisa marrullera, enseñando, al huir, las rosadas posaderas partidas por el rabo en forma de botón, y sobre los montones de rubio estiércol, el gallo, rodeado de sus cloqueantes odaliscas, lanzaba un grito de sultán celoso —¡su quiquiriquí!—, con la pupila ardiente y las barbillas rojas de cólera».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Acequia del Gas

Actual avenida del Mediterráneo

José Huguet

Bivaldi

martes, 21 de abril de 2026

E iban deslizándose los ánades lo mismo que galeras de marfil

«En las acequias conmovíase la tersa lámina de cristal rojizo con chapuzones que hacían callar a las ranas; sonaba luego un ruidoso batir de alas e iban deslizándose los ánades lo mismo que galeras de marfil, moviendo, cual fantásticas proas, sus cuellos de serpiente.

La vida, que con la luz inundaba la vega, iba penetrando en el interior de barracas y alquerías».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Acequia de Vera. La Malvarrosa. Alboraia

Principios del XX

domingo, 5 de abril de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. Y 07

«La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la calle de San Antonio, frente a los azulejos que marcaban con extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos.

Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro.

La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.

Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre a su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran a sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio.

Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.

Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente a frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del encuentro.

La gente oía embobada al tío Grancha, un viejo velluter que todos los años venía de Valencia a cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de Chulla reían demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y los devotos clamaban indignados:

—¡Calleu ... recordons!

Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente a dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el tío Grancha, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que contrastaba con su capitán patizambo».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



El Encuentro

José Benlliure, 86. Canyamelar

Semana Santa Marinera

Bivaldi

viernes, 3 de abril de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 06

«Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía a la frontera de sus dominios a recibir el ejército.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón por el estandarte.

Dolores vió a su cuñado en la escalera, y fue en ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas, ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan Tenorio, el rey don Pedro o Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido recitando quintillas o dando estocadas en la escena del teatro de la Marina.

Ya iban todas las collas camino de la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.

Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor carácter , ponían un gesto feroz de pocos amigos, y las vestas , con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la madre.

Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica Samaritana , en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas.

¡Siñor! ... ¡Ay Siñor, Deu meu! — murmuraban con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de la pillería excolmugada.

Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:

—¡Morrals! ... ¡Morrals! ¿Veniu a burlarse?

¡A burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto».

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Procesión de los Pasos. Mañana del Viernes Santo

Las Provincias. 4 de abril de 1931

miércoles, 1 de abril de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 05

«El Retor era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón durante el resto del año y considerado por toda la familia como el tesoro de la casa.

¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre Retor, cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su Retor , mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro a su padre, como si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.

Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores; apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble del tambor, púsose a dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su hijo fuese un príncipe a quien hacía guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado a otro como un oso enjaulado. Tentábanla a la risa las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el cansancio».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Semana Santa Marinera

?

Colección Ferran Belda

lunes, 30 de marzo de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 04

«Era caso de reír ante tan extrañas cataduras; pero a ver quién era el guapo que se atrevía a ello ante el fervor profesional que se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede uno reírse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la custodia de Jesús crucificado o de su madre, llevaban desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.

Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un ¡Reina y siñora, qué guapos van! y la mascarada piadosa servía para recordar a la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora Jesús y su madre iban a encontrarse en mitad de la calle de San Antonio, casi a la puerta de la taberna del tío Chulla.

Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.

Las collas se habían reunido, y en filas de a cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban a la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los horripilantes atributos de la Pasión».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Semana Santa Marinera

Camino de El Encuentro. Canyamelar

Foto Desfilis

Bivaldi

sábado, 28 de marzo de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 03

«Veíase a lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados, las vestas, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo o juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado a ensancharse con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias.

Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de traje de guerrero; tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un apache; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres vestas y los imponentes judíos, pasaban los granaderos de la Virgen, buenos mozos, con enormes mitras semejantes a las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún ataúd».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Semana Santa Marinera

Calle José Benlliure. Canyamelar 

Corporación de Granaderos de ?

Bivaldi

jueves, 26 de marzo de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 02

«La chavalería del pueblo echábase a la calle disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la procesión del Encuentro».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Semana Santa Marinera

Calle Progreso. El Cabanyal

Foto Desfilis

Bivaldi

martes, 24 de marzo de 2026

La Semana Santa Marinera según Blasco Ibáñez. 01

«Tronaba en las calles del Cabañal, a pesar de que el día amaneció sereno.

La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo e incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían a las puertas para ver a la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales.

Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo».

Flor de Mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Semana Santa Marinera

Calle José Benlliure. Canyamelar 

Bivaldi

jueves, 12 de marzo de 2026

Las Fallas según Blasco Ibáñez. 08

«Obscurecía. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguían vomitando nuevas muchedumbres, y todos cabían a fuerza de codazos y empujones, como si fuesen elásticas las paredes de las casas. En torno de la falla agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con visera amarilla y de blusas blancas.

Las señoras refugiábanse en los portales, empinándose sobre las puntas de los pies para ver mejor; los maridos cogían a sus pequeñuelos por los sobacos y los sostenían a pulso para que contemplasen las últimas contorsiones de los monigotes».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez



Falla calle Escalante con Avenida del Mediterráneo

martes, 24 de febrero de 2026

"Arròs i tartana, casaca a la moda, i rode la bola a la valenciana..."

"Arròs i tartana, casaca a la moda,

i rode la bola a la valenciana..."

«Pasó el Carnaval y doña Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora de purgar los derroches y las alegrías de la temporada anterior. La modista francesa presentaba la cuenta de los trajes de las niñas, y además hacía falta dinero para los gastos de la casa. Total, que doña Manuela necesitaba tres mil pesetas».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez



Això ho pague jo!

Restaurante "La Pepica"

Subida por Pilar Martínez Olmos a VAHG

jueves, 9 de octubre de 2025

Esa virginidad que tendrá la novela valenciana que escribí con grandísimo entusiasmo

«Y puedo deciros que la novela valenciana es la que he hecho con más entusiasmo, porque al mismo tiempo que hacía vivir al artista, había en torno a mí algo, un ambiente de familia, algo sincero e íntimo que debo confesar no he encontrado cuando hacía otras novelas, otras novelas que he hecho con más maestría, con lo que llaman los franceses métier, conociendo mejor mi oficio, no con la inexperiencia de cuando joven, pero que no tendrán la frescura, esa virginidad que tendrá la novela valenciana que escribí con grandísimo entusiasmo».

Valencia y lo valenciano

Fragmento del discurso pronunciado por Don Vicente Blasco Ibáñez en Valencia el 16 de mayo de 1921, en agradecimiento por el nombramiento de Director Honoris Causa del Centro de Cultura Valenciana



Homenaje a "La barraca"

Calle de La barraca

Semana de homenaje a Blasco Ibáñez. Mayo 1921





jueves, 3 de julio de 2025

La Feria de Julio según Blasco Ibáñez. 02

«Por los balcones abiertos penetraba el hálito caliginoso de las neones de verano, cargado de enervantes perfumes. La plazuela animábase. El calor arrojaba de sus estrechos cuchitriles a la gente de los pisos bajos, y las puertas estaban obstruidas por corrillos de blancas sombras sentadas en sillas bajas y respirando ruidosamente».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez



A la fresca

Calle Escalante

?

lunes, 23 de junio de 2025

La Noche de San Juan

 La Noche de San Juan

«La pequeña plaza del Villorrio apenas si podía contener aquella abigarrada multitud que se mantenía a poca distancia de la colosal hoguera que ardía en el centro.

Los puntiagudos o achatados tejados de las casas que limitaban aquel recinto se destacaban sobre el iluminado cielo, y los robuistos marcos del castillo que se asentaba en la cumbre del vecino monte, váyanse bañados `por la luz de la luna que tan pronto era velada por negros nubarrones que corrían veloces por el cielo, como volvía a aparecer tras ellos melancólicamente esplendorosa.

Rústicos villanos de rostros atezados, viejos ballesteros de fiera catadura, apuestas doncellas vestidas con sallas de chillones colores y muchachos inquietos y alborotados junto con mujeres parlanchinas y ancianos murmuradores, eran los elementos que componían aquel hormiguero humano que se estrujaba produciendo un incesante murmullo, junto a las rojas e inquietas llamas.


San Juan en la Playa de La Malvarrosa. Años 80

http://lamalva-rosaenblancinegre.blogspot.com/

Los sucios sayos y los mugrientos birretes, junto a las blasonadas dalmáticas y a las gorras con airosas plumas, los nudosos garrotes tropezando con las conteras de las largas espadas y los míseros vasallos del castillo confundidos fraternalmente con los vistosos servidores del señor; tal era el magnífico y particular golpe de vista que presentaba aquel año la plaza del villorrio en la noche de San Juan.

Montado cual otro baco sobre un regular tonel, del cual llenaban grandes jarros no pocos concurrentes, veíase un hombrecillo de cuerpo imperfecto y de rostro burlesco y apicarado, el cual era una especie de miserable cantor nómada, con más de bufón o de juglar que de consumado trovador.


Los mozos del lugarejo le asediaban pidiéndole alguna gracia o chiste de color algo subido, y el hombrecillo correspondía de tal modo a aquellas excitaciones, que las muchachas cada instante se veían obligadas a fingir que se tapaban los oídos mientras sus mejillas se coloreaban como amapolas.

Entre todo el grupo femenil, que por estar más cercano al bufón sufría continuamente sus desvergüenzas, destacábase una joven, cuyo rostro, por lo hermoso, desdecía de las vulgares caras de sus rústicas compañeras.

Llamábase Engracia y era hija de un escudero del cercano castillo, muerto hacía ya bastantes años en una algarada contra los moros.

A causa de esto último, tanto ella como su madre eran muy estimadas por todos los vecinos del lugarejo, que se consideraban con el deber de protegerlas contra las brutales asechanzas de los servidores del castillo.

Engracia, como era de esperar, atendiendo a su hermosura y edad, amaba y era amada de un gallardo mancebo que por su porte y gentileza más parecía propio para vestir la guerrera cota, que para dedicarse a las rudas tareas del campo.

Confundido entre un bullicioso grupo de mozuelos, la contemplaba a poca distancia, y entre los dos se cruzaban un sinnúmero de miradas amorosas que equivalían a un mundo de frases apasionadas.

Aquellas miradas pasaban desapercibidas para todos, pues la plazuela solo se pensaba en gritar, beber y divertirse, del modo más en consonancia con el carácter de cada uno.

De pronto en uno de los extremos de la plaza oyéronse desaforados gritos y rumores de pelea, acompañados por esas oscilaciones con que siempre se agita a la muchedumbre en casos semejantes.

Emotivo de aquel tumulto era una pendencia (que muy pronto terminó), entre unos cuantos villanos y algunos pajes y ballesteros que, beodos, pretendieron llevarse tres buenas mozas, ante los ojos de sus padres y hermanos.

—Esto es escandalosos— dijeron muchos así que terminó la reyerta. ?La audacia de los del castillo crece demasiado-.

—La culpa— dijo una vieja que estaba junto a Engracia no la tiene otro que nuestro señor Don Sancho que tales desmanes permite—.

—Bueno está Don Sancho— murmuró un mocetón, —como sí el mismo no fuese quien con sus maldades alienta a sus servidores—.

—Desdichada la familia que el señor fija sus ojos para bien o para mal- volvió a decir la vieja, mirando intencionadamente a Engracia y su amante—.

—Pues desdichado de Don Sancho si para mal se mezcláse con quien yo sé— contestó con voz enérgica este último—.

Y apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando muchos dijeron en voz baja:

—Calla por Dios, Juan. Por ahí cerca andan servidores de Don Sancho y nada bueno puede sucederte si ellos te oyen—.


Playa de La Malvarrosa

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Y tras esto todos callaron, comprendiendo el peligroso giro que había tomado la conversación.

Pero el juglar no dejó reinar el silencio por mucho tiempo.

Primero cantó algunos romances, tan burdos como desentonados; luego hizo varios juegos y equilibrios que llamaron la atención de los circunstantes, a pesar de serles muy conocidos, y por fin, deseoso de excitar la curiosidad de todo el auditorio, anunció que en aquel momento, dos viejas del lugarejo, tenidas en opinión de hechiceras, se disponían a asistir al aquelarre que todos los años, en noche como aquella, se celebraba en el barranco situado a espaladas del castillo, cuando la campana de este anunciaba la segunda vigilia, o sea las doce de la noche.

Así que hubo acabado de decir esto, algunos circunstantes que eran parientes o allegados de las viejas mencionadas le amenazaron, y poniendo el grito en el cielo, procuraron protestar de tales noticias y afirmaciones.

Pero la mayor parte de los presentes apoyaron al juglar y defendieron la opinión que este tenía formada de tales viejas, a quienes todos calificaban de brujas, y por consecuencia la causa y principio de los numerosos males que les afligían.

Y no hubo ninguno que no sacase a relucir su correspondiente motivo para odiarlas.

A este le habían muerto un hijo pequeño; aquél, según propia afirmación, le habían despojado con sus sortilegios de dos mulas como dos castillos; al otro le habían hecho perder la paz que reinaba en su casa, y todos presentaban la larga lista de daños, obra de aquellas mujeres, mientras que los que por éstas se interesaban daban voces poniendo a Dios y a los santos por terstigos de la verdad de sus palabras y de la inocencia de las acusadas.

Poco a poco la cuestión fue agriándose, y comenzaron a cruzarse entre los bandos palabras amenazadoras, hasta que por fin, comprendiendo los ofendidos por el juglar que éste era el culpable de todas aquellas desavenencias, arremetieron contra él y le hicieron bajar del tonel, entre un verdadero diluvio de puñadas y estacazos que le arrancaron doloridos aullidos.

Entonces comenzó a reinar en la plaza un desorden indescriptible.


Playa de La Malvarrosa

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Algunos ballesteros del castillo, por odio a los villanos, salieron a la defensa del hombrecillo y la emprendieron a cintarazos con los aporreadores, mientras que las mujeres, chillando y corriendo, procuraban apartar de la pelea a los de sus familia.

Ante los golpes de los del castillo todos los habitantes del villorrio hicieron causa común con los parientes de las supuestas brujas, y aquello en pocos momentos fue un verdadero campo de Agramente.

Los barrotes y las espadas chocaron sin cesar; algunos rodaron por el suelo fuertemente abrazados, y más de un combatiente, impulsado por vigoroso brazo fue a caer de bruces sobre la hoguera, levantándose después con los pelos y los vestidos completamente chamuscados.

Afortunadamente allá arriba en el castillo sonaron de pronto dos vibrantes campanadas anunciando la segunda vigilia, y al momento se oyó gritar: —¡las brujas! ¡ya están ahí las brujas!—.

Y como si este grito fuese la señal de dispersión, todos emprendieron la fuga con el temor de que la tropa fantástica sembrase la muerte al ir atravesando los aires.

Momentos después la plaza estaba completamente solitaria, y en el centro de ella seguía ardiendo la hoguera cada vez con más débiles llamas.


Revista Impresiones

Cortesía de José Navarro Escrich

No faltaron algunos que al escapar, hostigados por la curiosidad, levantaron la cabeza y vieron como empuñaban el claro disco de la luna un sinnúmero de fantásticos y vaporosos seres que, montados en cabalgaduras horribles al par que grotescas, corrían desaforadas por el cielo.

Pero bueno será advertir que un hombre de nuestros días sólo hubiera visto en aquellas figuras sobrenaturales un conjunto de nubes que velaban el astro de la noche; que los vecinos del lugarejo, como hijos de la Edad Media e infiltrados de su espíritu, tenían el privilegio de ver las cosas de muy diferente manera que nosotros

Engracia y su medre fueron de las primeras que salieron de la plaza cuando en la campana del castillo sonó la segunda vigilia.

La hermosa joven, momentos antes de escapar, vió desde el rincón en que se había refugiado al principio de la pelea, como su amado Juan se batía con los ballesteros.

Inútil será pintar el temor que su alma albergaría, mientras con incierto paso caminaba al lado de su madre.

Pronto llegaron a su casa, que estaba situada en una estrecha callejuela, cercana al lugar de la contienda.

Así que penetraron en ella, la madre de Engracia se acostó, pues no era amiga de trasnochar y la joven, abriendo la pequeña reja que daba luz a su estancia, apoyóse en el alfeizar y esperó.

Escusado será decir que el esperado era Juan.

A pesar de el apacible aspecto que presentaba la noche y de la calma que reinaba en toda la naturaleza, la enamorada joven no pudo evitar que de ella se apoderase un miedo terrible a los pocos instantes de permanecer en la reja.

En su imaginación estaban grabadas aquellas palabras que el juglar anunciando que en el barranco del castillo celebran las brujas aquella noche su aquelarre.

De un momento a otro, parecíale que la callejuela íbase a llenar de bulliciosos duendes e infernales gatos, que fieramente la despedazarían, y no se atrevía a levantar la vista al cielo, temerosa de ver en él la cara del diablo, agrandada gigantescamente y horrorizándola con una infernal y espeluznante mueca.


Playa de La Malvarrosa

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En las sombras que las casas proyectaban sobre los espacios alumbrados por la luna, su imaginación comenzaba a hacerla ver un enjambre de seres diminutos y feos, verdaderos abortos del infierno, rebulléndose en infernal concierto con monstruos de mirada de fuego y repugnante catadura.

Y veía como volando por el cielo un compacto escuadrón que venían a posarse en los tejados todas las brujas reunidas en el barranco, y la amenazaban con sus escobas y sus uñas; y hasta le parecía sentir sobre su cuerpo el contacto frío y viscoso de enormes serpientes que enrollándose en espiral amenazaban ahogarla.

Y tan pronto su corazón cesaba de latir como derramaba tumultuosamente la sangre por todas las venas de su cuerpo, y sentía vértigo y cerraba sus ojos a impulsos del desvanecimiento, hasta que afortunadamente, cesaron sus temores y sus fantásticas visiones con la aparición de un hombre en uno de los extremos de la callejuela, y el cual no era otro que Juan.

Momentos después el apuesto joven estaba junto a la verja contemplando a su amada con mirada ardiente, y diciéndole con acento cariñoso:

—¿Has aguardado mucho, amada mía?

—Muy poco. Pero he tenido bastante miedo antes de que tú vinieras.

—Miedo! ¿A quién?

A las brujas. ¿No sabes tú que noches como esta andan sueltas por el mundo? dijo Engracia con encantadora candidez.


Playa de La Malvarrosa

http://www.gentevalencia.com/

—¡Bah! Ni las brujas ni el diablo tienen por qué meterse con nosotros. A alguien que no son ellas es a quién debemos temer.

—Dices bien —murmuró la joven con tristeza.

—¿Te ha hablado, acaso, otra vez Don Sancho?

—Le encontré esta mañana y ha vuelto a decirme lo mismo.

—¡Ah, miserable! ?rugió el mancebo. -¿Y tú?...

—Yo le contesté como siempre, con mi desprecio; y al escucharme él lanzó por su boca tal cúmulo de amenazas, que quedé horrorizada.

—¿Y no recuerdas lo que dijo?

—Creo que sí. Dijo que ya sabía como yo andaba en amoríos con un vasallo suyo, pero que él buscaría la manera de escarmentarle y hacerle comprender que un villano no debe ser nunca el rival del señor.

—¡Infame! ¿Y no dijo más?

—Sí; aseguró que su venganza no dejaría de llevarse a cabo esta misma noche. ¡Con que ya ves, Juan mío, que tu vida está en peligro si permaneces aquí! Márchate, pues de lo contrario ¡quién sabe si morirías bajo esta misma reja, víctima del furor de Don Sancho!

—¡Marcharme! ¿Me crees tú capaz de ello? ¡No Engracia, no me propongas tal cosa! ¡Qué venga Don Sancho cuando quiera, pues aunque humilde villano, tengo tanto o más valor que los señores que lucen blasón en su armadura!

—Pero, ¿y si viene acompañado de algunos de sus fieros servidores?

—No me dan cuidado sus espadas. Hace poco tiempo que en la plaza he descalabrado alguno de ellos, a pesar de su larga tizona.

—¿Y no te han herido?

—No, amada mía. No son esos miserables lebreles del castillo los que pueden con este brazo que Dios me ha deparado.

—¡Y tú, Engracia mía! Contestó el mancebo en igual tono ¡Tan hermosa como buena!

¿Qué me importan las amenazas de Don Sancho, si por ellas no he estar menos tiempo junto a ti? ¡Si supieras cuánto te amo!

Al llegar a este punto, la amorosa conversación tomó el carácter peculiar de siempre.

Los dos jóvenes olvidándose de las amenazas del castellano y hasta del mundo entero, y comenzaron a decirse esas frases dulces, nimias y triviales que entre enamorados siempre tienen un especial encanto, y que aquí dejamos de consignar en gracia al lector, por que suponemos que iguales o parecidas habrán salido de labios, bien en el presente, bien en el pasado.

Y, por lo mismo pasaremos por alto las ternezas que se prodigaron Engracia y Juan; más no por esto dejaremos de decir que las miradas fuéronse haciendo cada vez más intensas, y que el apuesto joven, sin duda a impulsos de la pasión, apoyó su ardorosa frente sobre los hierros de la reja?..

Las manos se buscaron entre los barrotes de aquélla, y, al encontrase, se trasmitieron esa especie de electricidad amorosa que nace del corazón; los cabellos que orlaban ambas frentes se confundieron, lo mismo que los alientos; las bocas se juntaron, y en el silencio de la noche oyese ese débil chasquido, igual en su sonido a las mejores armonías de la naturaleza, y que siempre delata un beso.

Ella se ruborizó hasta los ojos y bajo la cabeza, no sin antes dirigir a su amante doncel una mirada tan llena de reproches como de amor.

Juan permaneció inmóvil, contemplándola con ojos de fuego y sin querer soltar las manos de Engracia, que oprimía a través de los hierros de la reja.

Y de esta manera permanecieron los dos amantes largo rato, hasta que, por fin, sacóle de su abstracción un rumor de pasos, que resonó al extremo de la callejuela.

Por una de las bocas de ésta acababa de aparecer algunos hombres envueltos en parduscos mantos, bajo los cuales brillaban las conteras de largas espadas.

Rápidamente fuéronse acercando a la reja que ocupaban los dos jóvenes, mientras Engracia decía con acento angustiado:

—¡Dios mío! ¡Ya me lo decía el corazón! ¡Esos que se acercan no son otros que Don Sancho y sus servidores! ¡Huye, Juan mío, huye; pues de lo contrario sólo Dios sabe lo que será de ti!

—Sean quienes sean, pienso obedecerte. Cierra la reja, Engracia, y hasta mañana.

¡Adiós, amada mía!


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Y, esto diciendo, el mancebo, que conocía lo vacilante que estaba Engracia entre cerrar o quedarse en la reja, empujó él mismo, a través de los hierros, las ventanas de ésta, que con mano trémula cerró la hermosa joven.

Apenas ésta hizo tal cosa, quedó envuelta en la profunda obscuridad que reinaba en su estancia, y, con el oído atento, púsose a escuchar, presa de un terror indescriptible.

Nada, absolutamente nada oyó Engracia, ni aún después de pasado algún tiempo. Parecía como aquellos embozados no eran otra cosa que ilusiones de su fantasía, y que Juan se había marchado al verse solo en la callejuela.

Sin embargo, su corazón del anunciaba algo terrible y horripilante que la hacía estremecer de miedo. Sus ojos buscaban en la oscuridad aquella ventana, a poco cerrada por ella y aún pretendía atravesar las maderas con sus miradas, como si fueran de cristal, para poder ver lo que en la calle sucediese. Ni el más débil ruido turbaba el profundo silencio de la noche.

Solamente percibía Engracia la acompasada respiración de su madre, que dormía al otro extremo de la pequeña casa, y, a lo lejos, los furiosos latidos de los perros que guardaban muchas puertas del lugarejo. La ansiedad y el terror de la joven rayaban en lo inmenso.

De un momento a otro parecíale que iba a escuchar un grito de agonía de Juan y la satánica carcajada de Don Sancho.

En aquellos instantes Engracia ya no temía a las brujas y al diablo, ni sentía miedo de permanecer despierta y a obscuras en el centro de la estancia. La muerte de su amante era lo único que la preocupaba. Pero el tiempo iba pasando rápidamente, sin que ella escuchase nada capaz de justificar sus temores. A pesar de esto, su fiel corazón le seguía presagiando una gran desgracia, y sentía sobre su alma un peso que la ahogaba por momentos. Varias veces intentó acercarse a la reja para abrir sus ventanas, pero un temor invencible o una fuerza oculta retenían sus pies inmóviles sobre el suelo. 

Engracia, en aquellos instantes, tenía la voluntad supeditada por completo al terror. Y éste, aunque verdaderamente sin causa, fue amontonando sobre su pecho un mundo de dolor que sofocaba e impedía por momentos su respiración.

Afortunadamente desbordase fuera del pecho, y subió hasta los ojos de la joven, que, arrojándose sobre el frío suelo púsose a llorar continua y silenciosamente.


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El tiempo, que siempre transcurre indiferente a dolores o dichas pasó tan rápido como siempre, y cuando Engracia vino a salir de aquella postración nerviosa en que se había sumido, vio cómo las rendijas de la cerrada reja comenzaba a penetrar la mortecina luz del alba.

La joven levantóse del suelo en que había estado tendida toda la noche, y con paso débil y vacilante acercase a la ventana, cuyas maderas abrió con mano febril y trémula. Apenas la brisa de la mañana penetro por ella y Engracia asomó su calenturienta cabeza, cuando un grito de horror se escapó de sus labios.

En aquel mismo instante un hombre, vestido con rico traje de caballero, apareció cerca del lugar que ocupaba la joven.

Era Don Sancho, el señor del castillo.

—Hermosa villana— gritó con voz sarcástica en la noche de San Juan es costumbre colocar frescos ramos de flores en las ventanas de las jóvenes. ¡Mira con el que yo te obsequio!

Y, al decir esto, el infame caballero señaló la reja que ocupaba 

Engracia, de cuyos últimos hierros y con los pies cercanos al suelo, pendía un lívido cadáver, con las ropas en desorden, y que el viento de la mañana mecía compasadamente.

Aquel cadáver era el del infeliz Juan».

Fantasías. (Leyendas y tradiciones)

Vicente Blasco Ibáñez