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martes, 12 de noviembre de 2019

Por esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más o menos defectuosas

«Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de los labradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Por esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y que él colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid. Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran de él—según afirmaba con la mano puesta en el pecho—y sus dueños querían cobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedeciendo a su gran corazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra, pidiéndolo a cualquier amigo».

Entre naranjos

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías en el cauce del Turia

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927

miércoles, 6 de febrero de 2019

Apareció junto a éste un gitano, obsequioso, campechanote

«Apenas pasó una mano por las ancas del rocín, apareció junto a éste un gitano, obsequioso, campechanote, tratándole como si le conociese toda su vida. 

—Es un animal de perlas; bien se ve que usted conoce las buenas bestias... y barato: me parece que no reñiremos... ¡Monote!, sácalo de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea. 

Y el aludido Monote, un gitanillo con el trasero al aire por las roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió al caballo del ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena, seguido de la pobre bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas veces repetida. 

Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno a Batiste y al gitano, que seguían con sus miradas la marcha del animal. Cuando volvió Monote con el caballo, el labriego lo examinó detenidamente. Metió sus dedos entre la amarillenta dentadura, pasó sus manos por las ancas, levantó sus cascos para inspeccionarlos, lo registró cuidadosamente entre las piernas. 

—Mire usted, mire usted —decía el gitano—, que para eso está... Más limpio que la patena. Aquí no se engaña a nadie: todo natural. No se arreglan los animales, como hacen otros, que desfiguran un burro en un santiamén. Lo compré la semana pasada y ni me he cuidado de arreglarle esas cosillas que tiene en las piernas. Ya ha visto usted con qué salero bracea... ¿Y tirar de un carro?... Ni un elefante tiene su empuje. Ahí en el cuello, verá usted las señales».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Estampa. 17 de julio de 1928


martes, 5 de febrero de 2019

Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias

«Para concertar los chambos y solemnizar las ventas buscábase el amparo de un sombrajo, bajo el cual una mujerona vendía bollos adornados por las moscas o llenaba pegajosas copas con el contenido de media docena de botellas alineadas sobre una mesa de cinc. 

Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias, sin hacer caso de los vendedores que le asediaban adivinando su intención.

Ninguna le gustaba. ¡Ay, pobre Morrut! ¡Cuán difícil era encontrarle un sucesor! De no verse acosado por la necesidad, se hubiera ido sin comprar; creía ofender al difunto fijando su atención en aquellas bestias antipáticas. 

Al fin se detuvo ante un rocín blanco, no muy gordo ni lustroso, con algunas rozaduras en las piernas y cierto aire de cansancio; una bestia de trabajo que, no obstante su aspecto de abrumamiento, parecía fuerte y animosa».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías

Todocolección

martes, 13 de noviembre de 2018

Se formaban grupos de gesticulantes y parlanchines labriegos

«La animación del mercado iba en aumento. En torno a cada caballería cuya venta se estaba ajustando se formaban grupos de gesticulantes y parlanchines labriegos en mangas de camisa, con una vara de fresno en la diestra. Los gitanos, secos, bronceados, de zancas largas y arqueadas, zamarra con remiendos y gorra de pelo, bajo la cual brillaban sus ojos con resplandor de fiebre, hablaban sin cesar, echando su aliento a la cara del comprador como si quisieran embaucarle e hipnotizarle. 

—Pero fíjese usted bien en la jaca. Repare en sus líneas... ¡Si parece una señorita!

Y el labriego, insensible a las melosidades gitanas, encerrado en sí mismo, pensativo e inerte, miraba al suelo, miraba a la bestia, se rascaba el cogote, y acababa diciendo con energía de testarudo: 

—Bueno; pues no done més (Bueno; pues no doy más)».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927

sábado, 10 de noviembre de 2018

Junto a la rampa de bajada estaban los animales de desecho

«Junto a la rampa de bajada estaban los animales de desecho; asnos sin orejas, de pelo sucio y asquerosas pústulas; caballos tristes, cuyo pellejo parecía agujerearse con lo anguloso de la descarnada osamenta; mulas cegatas, con cuello de cigüeña; toda la miseria del mercado, los náufragos del trabajo, que, con el cuero rayado a palos, el estómago contraído y las excoriaciones inflamadas por las moscas verdosas y panzudas, esperaban la llegada del contratista de las corridas de toros o del mendigo, que aún sabría utilizarlos».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Mercado de caballerías

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927

viernes, 9 de noviembre de 2018

Formaban un campamento en el centro del cauce

«El cauce del Turia estaba, como siempre, casi seco. Algunas vetas de agua, escapadas de los azudes y presas que refrescan la vega, serpenteaban, formando curvas e islas en un suelo polvoriento, ardoroso, desigual, que más parecía de desierto africano que lecho de un río. 

A tales horas estaba todo él blanco de sol, sin la menor mancha de sombra. 

Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un campamento en el centro del cauce, y a lo largo de la ribera, puestas en fila, estaban las bestias a la venta: mulas negras y coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes, agitadas por nerviosa inquietud; caballos de labor, fuertes, pero tristes, cual siervos condenados a eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos a todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal que las mantenía atadas al muro».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927

jueves, 8 de noviembre de 2018

Subían los relinchos y las voces desde el fondo del cauce

«Las once. El mercado debía de estar en su mayor animación. Llegaba hasta Batiste el confuso rumor de un hervidero invisible; subían los relinchos y las voces desde el fondo del cauce. Dudaba, permanecía quieto, como el que desea retrasar el momento de una resolución importante, y, al fin, se decidió a bajar al mercado».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Feria de ganado en el río Turia. Circa 1920

Todocolección

domingo, 28 de octubre de 2018

Era día de mercado de animales

«Triste y ceñudo, como si fuese a un entierro, emprendió Batiste el camino de Valencia un jueves por la mañana. Era día de mercado de animales en el cauce del río, y llevaba en la faja, como una gruesa protuberancia, el saquito de arpillera con el resto de sus ahorros. 

Llovían desgracias sobre la barraca. Sólo faltaba que se derrumbase su techumbre encima de ellos, aplastándolos a todos... ¡Qué gente! ¡Dónde se había metido!...»

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Mercado de caballerías. 1920

La Alameda

Subida por Lola Cuesta Camacho‎ a VAHG

domingo, 8 de julio de 2018

¿Qué necesitaba para comprar otra bestia? ¿Cincuenta duros?

«Lo peor para él era que este exceso de cansancio insostenible sólo le permitía pagar a medias al insaciable ogro. Las consecuencias de su locura por el trabajo no se hicieron esperar. El rocín del tío Barret, un animal sufrido que le seguía en todos sus desesperados esfuerzos, cansado de trabajar de día y de noche, de ir tirando del carro al mercado de Valencia con carga de hortalizas y a continuación, sin tiempo para respirar ni desudarse, verse enganchado al arado, tomó partido de morir, antes que permitirse el menor intento de rebelión contra su pobre amo. 

¡Entonces sí que se consideró perdido irremisiblemente el pobre labrador! Con desesperación miró sus campos, que ya no podía cultivar; las hileras de frescas hortalizas, que la gente de la ciudad consumía con indiferencia sin sospechar las angustias que su producción hace sufrir a un pobre en continua batalla con la tierra y la miseria. 

Pero la Providencia, que nunca abandona al pobre, le habló por boca de don Salvador. Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal. 

El insufrible tacaño, el voraz usurero, al conocer su desgracia, le ofreció ayuda con una bondad paternal y conmovedora. ¿Qué necesitaba para comprar otra bestia? ¿Cincuenta duros? Pues allí estaba él para ayudarle, demostrando con esto cuán injustos eran los que le odiaban y hablaban mal de su persona.

Y prestó dinero a Barret con el insignificante detalle de exigirle una firma —los negocios son negocios— al pie de cierto papel en el que se hablaba de interés, de acumulación de réditos, de responsabilidad de la deuda, mencionando para esto último los muebles, las herramientas, todo cuanto poseía el labrador en su barraca, incluso los animales de corral. 

Barret, animado por la posesión de un nuevo rocín joven y brioso, volvió con más ahinco a su trabajo, a matarse sobre aquellos terruños, que parecían crecer según disminuían sus fuerzas, envolviéndolo como un sudario rojo».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez





Mercado de caballerías en el cauce del Turia

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927

https://fullesgroguesvoramar.blogspot.com/2017/05/el-mercat-de-cavalleries-de-mahoma-mon.html

miércoles, 31 de mayo de 2017

Formaban un campamento en el centro del cauce

«Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un campamento en el centro del cauce, y a lo largo de la ribera, puestas en fila, estaban las bestias a la venta: mulas negras y coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes, agitadas por nerviosa inquietud; caballos de labor, fuertes, pero tristes, cual siervos condenados a eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos a todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal que las mantenía atadas al muro».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías

Cauce del Turia

La Semana Gráfica. 2 de abril de 1927