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sábado, 9 de noviembre de 2024

Iba a rifarse la anguila más gorda del año para ayuda de la fiesta

«Iba a rifarse la anguila más gorda del año para ayuda de la fiesta. Era una costumbre antigua, que respetaban todos los pescadores. El que de ellos cogía una anguila enorme, la guardaba en su vivero, sin atreverse a venderla. Si alguien pescaba otra más grande, se guardaba ésta, y el dueño de la anterior podía disponer de ella. De este modo los clavarios poseían siempre la más enorme que se había cogido en la Albufera.

Este año, el honor de la anguila gorda correspondía al tío Paloma: por algo pescaba en el primer puesto. El viejo experimentaba una de las mayores satisfacciones de su vida enseñando el hermoso animal a la muchedumbre de la plaza. ¡Aquello lo había pescado él…!».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Viveros de anguilas


domingo, 3 de noviembre de 2024

El tío Paloma pasaba las más de las noches fuera de la barraca, pescando en la Sequiota

«El tío Paloma pasaba las más de las noches fuera de la barraca, pescando en la Sequiota. Tonet no comía con la familia, y sólo a altas horas, cuando se cerraba la taberna de Cañamel, llamaba a la puerta con impaciente pataleo, levantándose la pobre Borda soñolienta y fatigada, para abrirle».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Fotograma de la serie de TVE "Cañas y barro"

viernes, 4 de octubre de 2024

El tío Paloma se bastaba para llevar adelante el negocio

«Era cierto que el tío Paloma se bastaba para llevar adelante el negocio: nunca había trabajado con tanto entusiasmo como al verse dueño de la Sequiota; pero ¡qué demonio! el trato era trato, y a Cañamel le parecía que el muchacho le robaba algo viéndolo tan satisfecho de la vida y despegado por completo de su negocio».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Fotograma de la serie de TVE "Cañas y barro"

miércoles, 2 de octubre de 2024

No gustaba del esfuerzo que había que hacer para tirar de las redes pesadas y repletas

«Había prometido su dinero y lo había dado: suyas eran todas las redes, aparejos y bolsas de malla, que podían formar un montón tan grande como la taberna. Pero Tonet prometió ayudarle con su trabajo, y podía decirse que aún no había cogido una anguila con sus pecadoras manos.

Las primeras noches fue al redolí, y sentado en la barca, con el cigarro en la boca, veía cómo su abuelo y los pescadores a sueldo vaciaban en la obscuridad las grandes bolsas, llenando de anguilas y tencas el fondo de la embarcación. Después, ni esto. Le molestaban las noches obscuras y tempestuosas, en las que el agua está movida y se realizan las grandes pescas; no gustaba del esfuerzo que había que hacer para tirar de las redes pesadas y repletas; le causaba cierta repugnancia la viscosidad de las anguilas escurriéndose entre las manos, y prefería quedarse en la taberna o dormir en su barraca».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



El Palmar. Años 60

Miguel Ángel López-Egea

lunes, 30 de septiembre de 2024

El puesto de la Sequiota daba buen rendimiento

«El puesto de la Sequiota daba buen rendimiento. No eran las pescas fabulosas de otra época, pero había noches en que se llegaba muy cerca del centenar de arrobas de anguilas, y Cañamèl gozaba las satisfacciones del buen negocio, regateando el precio con los proveedores de la ciudad, vigilando el peso y presenciando el embarque de las banastas».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Pescando en la Sequiota

Remember Valencia

jueves, 19 de septiembre de 2024

Hasta las anguilas, según anunciaba el tío Paloma, no querían sacar sus morros fuera del barro

«Muchos días, al amanecer, flotaban en el canal anchas láminas de hielo, como cristales deslustrados. Todos se sentían vencidos por el tiempo. Eran hijos del calor, habituados a ver hervir el lago y humear los campos con su hálito corrompido bajo la caricia del sol. Hasta las anguilas, según anunciaba el tío Paloma, no querían sacar sus morros fuera del barro en aquel tiempo de perros. Y para agravar la situación, caía con gran frecuencia una lluvia torrencial que obscurecía el lago y desbordaba las acequias. El cielo gris daba un ambiente de tristeza a la Albufera. Las barcas que navegaban en la bruma tenían el aspecto de ataúdes, con sus hombres inmóviles metidos en la paja y cubiertos hasta la nariz por gruesos andrajos».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La Albufera 1959

Pescando anguilas

https://www.comarcarural.com/valencia/poblaciones/valencia/la-albufera.php

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Los hombres salían para recoger la pesca caída en las redes durante la noche

«El Palmar parecía entumecido y soñoliento. Ni gente en las calles, ni barcas en el lago. Los hombres salían para recoger la pesca caída en las redes durante la noche, y volvían rápidamente al pueblo. Los pies mostrábanse enormes con sus envolturas de paño grueso dentro de las alpargatas de esparto. Las barcas llevaban el fondo cubierto de una capa de paja de arroz para combatir el frío».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La Albufera. 1959


domingo, 28 de julio de 2024

Arreglaban ante sus casas las grandes redes para cerrar las acequias

«Terminaba el verano y había que pensar seriamente en los preparativos de la pesca. Los dueños de los otros redolíns arreglaban ante sus casas las grandes redes para cerrar las acequias. El tío Paloma estaba impaciente. Los artefactos que poseía Cañamel, restos de su pasada asociación con otros pescadores, no bastaban para la Sequiota. Había que comprar mucho hilo, dar trabajo a muchas mujeres de las que tejían red, para explotar cumplidamente el redolí».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Remendando las redes

El Palmar. 1950

Todocolección

sábado, 22 de junio de 2024

Al dueño de la Sequiota nunca le falta dinero

«El barquero volvió la espalda al hijo. ¿Y aquélla era su sangre…? Prefería a Tonet con toda su pereza. Se iba con su nieto, y ya se ingeniarían los dos para salir del paso. Al dueño de la Sequiota nunca le falta dinero.

Tonet, rodeado de amigos, agasajado por las mujeres, enorgullecido por la húmeda mirada de Neleta fija en él, sintió que le llamaban tocándole en un hombro.

Era Cañamel, que parecía cobijarle con sus ojos cariñosos. Tenían que hablar; por algo habían sido siempre buenos amigos, y la taberna era como la casa de Tonet. No había que dejarlo para luego: los negocios entre amigos se arreglan pronto. Y se apartaron algunos pasos, seguidos por las curiosas miradas del gentío.

El tabernero abordó el asunto. Tonet no dispondría de lo necesario para explotar el puesto que le había tocado en suerte. ¿No era así…? Pues allí le tenía a él, un amigo verdadero, dispuesto a ayudarle, a asociarse para el negocio común. Él le proporcionaría todo».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La Sequiota

La Albufera

López Egea

martes, 18 de junio de 2024

Se necesitaban más de mil pesetas sólo para las redes

«El tío Paloma iba de grupo en grupo recibiendo felicitaciones. Por primera vez se mostraba satisfecho de su nieto. ¡Je, je…! La suerte es siempre de los pillos: ya lo decía su padre. Allí estaba él, con sus ochenta sorteos, sin conseguir nunca el uno, y llegaba el nieto de correrla por tierras lejanas, y al primer año, la suerte. Pero en fin… todo caía en la familia. Y se entusiasmaba pensando que iba a ser durante un año el primer pescador de la Albufera.

Enternecido por la suerte, se aproximó a su hijo, grave y ensimismado como de costumbre. ¡Tono, la fortuna había entrado en su barraca, y había que aprovecharla! Ayudaría al pequeño, que no entendía mucho de las cosas de pesca, y el negocio sería grande. Pero el viejo quedó estupefacto al ver la frialdad con que contestaba su hijo. Sí; aquel primer puesto era una suerte poseyendo los útiles necesarios para su explotación. Se necesitaban más de mil pesetas sólo para las redes. ¿Tenían ellos ese dinero?».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La Albufera principios del siglo XX  

Museu Valencia d'Etnologia

miércoles, 12 de junio de 2024

Hizo la petición: quería la Sequiota

«Silencio absoluto. El presidente agitaba el bolsón de cuero para que se mezclasen bien las boletas, y su choque sonaba en el silencio como lejana granizada. Avanzó hasta el estrado un niño pasando de brazo en brazo por encima de los pescadores, y metió la mano en el bolsón. La ansiedad era grande; todos tenían la vista fija en la bellota de madera, de la que iba saliendo penosamente el papel arrollado.

El presidente leyó el nombre, y se notó cierta indecisión en la concurrencia, habituada a los apodos y torpe en reconocer los apellidos, nunca usados. ¿Quién era el del número uno? Pero Tonet se había levantado de un salto gritando: «¡Presente…!». ¡Era el nieto del tío Paloma! ¡Qué suerte la del muchacho…! ¡Alcanzaba el mejor puesto en el primer sorteo a que asistía!

Los más inmediatos le felicitaban con envidia; pero él, con la ansiedad del que no cree aún en su buena fortuna, sólo miraba al presidente… ¿Podía escoger el puesto? Apenas le contestaron con un signo afirmativo, hizo la petición: quería la Sequiota. Y cuando vio que el escribiente tomaba nota, salió como un rayo del local, atropellando a todos, empujando las manos que le tendían los amigos para saludarle».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La pesca en la Albufera. La Sequiota

El Palmar

López Egea

sábado, 8 de junio de 2024

Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él?

«Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes risas del público, hasta que intervino el tío Paloma con sus preguntas… Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él? ¿cómo lo explotaría, si no era pescador ni conocía el oficio? El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que engañó a su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la holganza».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



La pesca en la Albufera

El Palmar

López Egea

martes, 7 de noviembre de 2023

Y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua

«En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya reparados se hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del carabinero que se sentaba a su sombra».

La barca abandonada

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Arrastrando la barca

Playa del Cabañal

Al fondo se puede apreciar el Balneario Las Arenas

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sábado, 14 de octubre de 2023

Viose otra vez en la superficie del mar braceando

«Juanillo corrió por la borda del lado contrario al viento. Era un momento de calma, y la vela rizábase con fuertes palpitaciones, próxima a caer desmayada a lo largo del mástil. Pero vino una ráfaga, y la barca se inclinó con rápido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio, agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante ésta se hinchó como si fuera a estallar, lanzando al laúd en una carrera veloz y empujando con fuerza tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo disparó como una catapulta.

En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo creyó oír éste un grito, palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que gritaba: «¡Hombre al agua!»

Bajó mucho, ¡mucho! atolondrado por el golpe, por lo inesperado de la caída; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra vez en la superficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco viento... ¿Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscurísimo; más oscuro que visto desde la cubierta del laúd».

¡Hombre al agua!

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Nadador. Jávea. 1905

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo. 91 x 129

Museo Sorolla

jueves, 12 de octubre de 2023

Dos hojas de espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa

«Pero él ya estaba en la proa, y se sentó junto al botalón, escudriñando la negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban como serpeantes hilos de luz las inquietas estrellas.

El laúd, panzudo y pesado, caía tras cada ola con un solemne ¡chap! que hacía saltar las gotas hasta la cara de Juanillo: dos hojas de espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa, y la hinchada vela, con el vértice perdido en la oscuridad, parecía arañar la bóveda del cielo.

¿Qué rey ni qué almirante estaba mejor que el serviola del San Rafael?... ¡Brrru! Su estómago repleto le saludaba con eructos de satisfacción. ¡Vida más hermosa!...

—¡Tío Chispas!... Un cigarro.

—Ven por él».

¡Hombre al agua!

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Barca a la mar. 1904

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo

Museo Sorolla

martes, 10 de octubre de 2023

Las verás... cuando tengas mis años...

«El tío Chispas, sin apartar la vista de la proa ni las manos del timón, agachándose para sondear la oscuridad por entre la vela y el montón de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera. 

—Sí; no has escogido mal oficio. Pero tiene quiebras. Las verás... cuando tengas mis años... Pero tu sitio no es aquí: anda a proa y avisa si ves por delante alguna barca.

Juanillo corrió por la borda con la segura tranquilidad de un pillo de playa.

—Cuidado, muchacho, cuidado».

¡Hombre al agua!

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Viejo pescador valenciano. 1907

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo. 81 x 101

Colección privada

viernes, 6 de octubre de 2023

Ayudaba a botar las barcas, descargaba cestas de pescado

«Quedó en el timón el tío Chispas, un tiburón desdentado, que acogió con gruñidos de impaciencia las últimas indicaciones del patrón, y junto a él su protegido Juanillo, un novato que hacía en el San Rafael su primer viaje, y le estaba muy agradecido al viejo, pues gracias a él había entrado en la tripulación, matando así su hambre, que no era poca.

El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío almirante, un buque encantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena de aquella noche era la primera cena seria que había hecho en su vida.

Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi desnudo como un salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y rezaba su abuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas, descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas que perseguían al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pesca menuda. Pero ahora, gracias al tío Chispas, que le tenía ley por haber conocido a su padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo, podía con todo derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevaba zapatos, los primeros de su vida, unas soberbias piezas capaces de navegar como una fragata, que le sumían en éxtasis de adoración. ¡Y aún dicen que si el mar!... Vamos, hombre. El mejor oficio del mundo».

¡Hombre al agua!

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



El pescador. 1904

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo sobre tela. 76 × 106

Museo Sorolla

miércoles, 4 de octubre de 2023

Una vez rebañado el humeante caldero

«Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd San Rafael, con cargamento de sal para Gibraltar.

La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los sacos, formando una montaña en torno del palo mayor. Para pasar de proa a popa, los tripulantes iban por las bordas, sosteniéndose con peligroso equilibrio.

La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y un vientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la gran vela latina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de soplar, cayendo desmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.

La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó después de la maniobra de salida, y una vez rebañado el humeante caldero, en el que hundían su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrón al grumete, desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, para reposar sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino y zumo de sandía».

¡Hombre al agua!

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Comida en la barca. 1898

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo. 180 x 250

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid

sábado, 30 de septiembre de 2023

Regateaba bravamente con los compradores de pescado

«Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas, arañándose el rostro.

—¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...

Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían lo que era aquello: casi todas habían pasado por trances iguales. La levantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y emprendieron la marcha hacia su casa.

Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de llorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían adquirir la hermosa pieza».

En el mar

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Venta del pescado

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domingo, 24 de septiembre de 2023

Las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos

«Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le impedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del hijo.

La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas.

El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas doradas por el sol de la tarde.

La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto adormecidos.

—¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina?—gemía el infeliz.

Y temblaba como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar son esclavos de la familia.

Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al Casino. Por debajo de las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos de toda la gente de veraneo».

En el mar

La condenada y otros cuentos

Vicente Blasco Ibáñez



Balneario Las Arenas

València en blanc i negre II