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viernes, 20 de julio de 2018

Y es que la horchata resulta mortal para las fieras. ¡Veneno puro! Vídeo

«Tres horas duró el desfile. Cuando el pendón del oficio volvió a la Catedral, comenzaba a anochecer. ¡Plom! ¡Rotoplom! La gloriosa bandera de los blanquers volvía a su casa gremial detrás de los tambores. El arrayan de las calles había desaparecido bajo el paso de la procesión. Ahora el suelo estaba cubierto de gotas de cera, hojas de rosa y chispas de talco. El litúrgico perfume de incienso flotaba en el ambiente. ¡Plom! ¡Rotoplom! Los tambores estaban cansados; los chavales, forzudos portadores de la bandera, jadeaban, sin ganas ya de intentar proezas de equilibrio; los respetables maestros agarrábanse a los cordones del pendón, como si éste les remolcase, quejándose de las botas nuevas y de sus juanetes; pero el león, el fatigado león (¡ah, fiera fanfarrona!), que a veces parecía próximo a tenderse en el suelo, todavía se encabritaba para asustar al paso con un rugido a los matrimonios burgueses que tiraban de una ristra de chiquillos deslumbrados por la procesión.

¡Mentira! ¡Pura fachenda! El señor Vicente sabía cómo se encontraba dentro de sus pieles. Pero a nadie obligan a “hacer” de fiera, y el que se presta a ser león debe serlo hasta el fin.

En su casa, al caer sobre el sofá como un fardo de lanas, le rodearon hijos, nueras y nietos, apresurándose a despojarle de la carátula. Apenas reconocieron su cara, congestionada y roja, que parecía manar agua por todos los surcos de sus arrugas.

Intentaron quitarle las lanas; pero otra cosa le urgía a la fiera, pidiéndola con voz sofocada. Quería beber; se asfixiaba de calor. Inútil fue que la familia protestase, hablando de enfermedades. ¡Cordones!  Él necesitaba beber en seguida. ¿Y quién osa resistir a un león enfurecido?...

Le trajeron del café más cercano mantecado en copita azul; un mantecado valenciano, de melosa dulzura e intenso perfume, destilando gotas de zumo blanco de su torcida caperuza.

Pero ¡mantecaditos a un león! ¡Haaam! Se lo tragó de golpe, ¡y como si nada! La sed, el calor, le agobiaban de nuevo, y rugía pidiendo otros refrescos.

La familia, por economía, pensó en la horchata de un cafetín cercano. A ver, que le trajesen un jarro lleno. Y el señor Vicente bebió y bebió, hasta que fue innecesario quitarle las pieles. ¿Para qué? Una pulmonía doble acabó con él en pocas horas. El glorioso y peludo “uniforme” de la familia le sirvió de mortaja.

Así murió el león de los blanquers; el último león de Valencia.

Y es que la horchata resulta mortal para las fieras. ¡Veneno puro!»

El último león

Vicente Blasco Ibáñez


La horchata

miércoles, 18 de julio de 2018

Su León era una gloria tan respetable como la Lonja de la Seda o el pozo de San Vicente

«Todo haba de salir en las fiestas, sacudiendo la polilla del olvido: ¡hasta el famoso León de los blanquers!

Los “modernos” prorrumpieron en una risa impía. ¿El León también?... Sí; también el león. Para el señor Vicente era una deshonra gremial tener olvidada a la gloriosa fiera. Los antiguos romances, las relaciones de fiestas que se guardaban en el archivo de la ciudad, los ancianos que habían alcanzado la buena época de los gremios con sus fraternales camaraderías, todos hablaban del león de los blanquers; pero nadie de ahora lo conocía, y esto significaba una vergüenza para el oficio, un robo a la ciudad.

Su León era una gloria tan respetable como la Lonja de la Seda o el pozo de San Vicente. Bien adivinaba él la resistencia de los “modernos”. Temían cargar con el “papel” de león. ¡No tembléis, jóvenes! Él, con su fardo de años, que pasaban de setenta, reclamaba este honor. Le pertenecía de derecho: su padre, su abuelo, sus innumerables tatarabuelos, todos habían sido leones, y él sentíase capaz de ir a las manos con los que intentasen disputarle el cargo de fiera, tradicional en su familia».

El último león

Vicente Blasco Ibáñez


El pouet de Sant Vicent. 1920

Archivo Municipal

https://valenciablancoynegro.blogspot.com/2016/04/el-pouet-de-sant-vicent.html

http://www.jdiezarnal.com/valenciacasanataldesanvicenteferrer.html

lunes, 16 de julio de 2018

Ondeaban como banderas las pieles puestas a secar

«Los siglos habían elevado el nivel de la calle, convirtiendo en cueva lóbrega la blanquearía del señor Vicente. La puerta por donde entraban sus abuelos se había empequeñecido por abajo, hasta convertirse poco menos que en una ventana. Cinco escalones descendentes comunicaban la calle con el piso húmedo de la tenería, y en lo alto, junto a un arco ojivo, vestigio de la Valencia medioeval, ondeaban como banderas las pieles puestas a secar, esparciendo el insoportable hedor del curtido. El viejo no envidiaba a los “modernos” en sus despachos de comerciantes ricos. De seguro que se avergonzaban al pasar por su callejón y verle, a la hora del almuerzo, tomando el sol, arremangado de brazos y piernas, mostrando sus flacos miembros tenidos de rojo, con el orgullo de una vejez fuerte que le permitía batallar diariamente con las pieles.

Valencia preparaba las fiestas del centenario de uno de sus santos famosos, y el gremio de los blanquers, como los otros gremios históricos, quería contribuir a ellas. El señor Vicente, con el prestigio de los años, impuso su voluntad a todos los maestros. Los blanquers debían quedar como lo que eran. Todas las glorias de su pasado arrinconadas en la capilla habían de figurar en la procesión. Ya era hora de que saliesen a luz, ¡cordons! Y su mirada, vagando por la capilla, parecía acariciar las reliquias del gremio: los atabales del siglo XVI, grandes como tinajas, que guardaban en sus parches los roncos clamores de la revolucionaria Germania; el gran farolón de madera tallada, arrancado de la popa de una galera; el pendón de la blanquearía, de seda roja, con bordados de un oro verdoso por los siglos».

El último león

Vicente Blasco Ibáñez



Curtidores en uno de los huertos del barrio del Carmen. Años 20

València en blanc i negre

Cortesía de José Navarro Escrich

sábado, 14 de julio de 2018

Era el más viejo de los curtidores de Valencia

«Apenas se reunió la junta del respetable gremio de los blanquers (1) en su capilla, inmediata a las torres de Serranos, el señor Vicente pidió la palabra. Era el más viejo de los curtidores de Valencia. Muchos maestros, siendo aprendices, le habían conocido igual que era ahora, con su bigote blanco en forma de cepillo, la cara hecha un sol de arrugas, los ojos agresivos y una delgadez esquelética, como si todo el jugo de su vida se hubiese perdido en el diario remojón de los pies y los brazos en las tinas del curtido.

Él era el único representante de las glorias del gremio, el último superviviente de aquellos blanquers honra de la historia valenciana. Los nietos de sus antiguos camaradas se habían pervertido con el progreso de los tiempos: eran dueños de grandes fábricas con centenares de obreros, pero se verían apurados si les obligaban a curtir una piel con sus manos blandas de comerciantes. Solo él podía llamarse blanquer, trabajando diariamente en su casucha, cercana a la casa gremial; maestro y obrero a un tiempo, sin otros auxiliares que los hijos y los nietos; el taller a la antigua usanza, con un dulce ambiente de familia, sin amenazas de huelga ni disgustos por la cuantía del jornal».

El último león

Vicente Blasco Ibáñez

(1) «Otro Gremio que con sus distintas variantes, "assaonadors" o zurradores, "blanquers" o curtidores y "guanters" o guanteros, proporcionó fama al Barrio y cuyo nombre perdura rotulando una de las más populares vías del callejero valenciano, fue el dels Blanquers. Se dedicaba a adobar o aderezar y curar las pieles para ser trabajadas posteriormente en la fábrica de guantes, zapatos, bolsos, etc. Y es que el tratamiento de las pieles fue un oficio abundante en toda la vieja demarcación del Barrio». 

http://valenciaysuhistoria.blogspot.com/2012/01/los-gremios-medievales-y-sus-patrones.html


Curtidores trabajando en un taller de curtidos del barrio del Carmen. 1925 

Subida por Juan David Forner‎ a VAHG