«Neleta, derecha tras el mostrador, buscó en vano a Tonet con su mirada.
El viejo adivinó.
—No’l esperes —dijo con voz fosca—. No tornará més…
Y con acento reconcentrado le preguntó si se sentía mejor, hablando de la palidez de su rostro con una intencíón que hizo estremecerse a Neleta.
La tabernera adivinó inmediatamente que el tío Paloma conocía su secreto.
—Pero ¿y Tonet? —volvió a preguntar con voz angustiosa.
El viejo hablaba volviendo los ojos, como si deseara no verla, para conservar su forzada calma. Tonet no volvería más. Había huido lejos, muy lejos, a un país de donde nunca se vuelve. Era lo mejor que podía haber hecho… Así, todo quedaba arreglado y en el misterio.
—¿Pero vosté…? ¿vosté…? —gimió Neleta con angustia, temiendo que el viejo hablase.
El tío Paloma callaría. Lo afirmó golpeándose el pecho. Despreciaba a su nieto, pero tenía interés en que nada se supiera. El nombre de los Palomas, después de siglos de honrado prestigio, no estaba para ser arrastrado por un perezoso y una perra.
—¡Plora, gosa, plora! —decía el barquero con irritación».
Cañas y barro
Vicente Blasco Ibáñez


No hay comentarios:
Publicar un comentario