viernes, 6 de julio de 2018

Hasta se aprovechaba de los descuidos de los labradores colindantes para robarles una parte de riego

«Ya no tenía dinero para salir de apuros; sólo contaba con lo que produjesen los campos. Y completamente solo, ocultando a la familia su situación, teniendo que sonreír cuando estaba entre su mujer y sus hijas, las cuales le recomendaban que no se esforzase tanto, el pobre Barret se entreizó a la más disparatada locura del trabajo. 

Olvidó el sueño. Parecíale que sus hortalizas crecían con menos rapidez que las de los vecinos; quiso él solo cultivar todas las tierras; trabajaba de noche a tientas; el menor nubarrón de granizo le ponía fuera de sí, trémulo de miedo; y él, tan bondadoso, tan honrado, hasta se aprovechaba de los descuidos de los labradores colindantes para robarles una parte de riego».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Guarda de acequia descansando

Estampa. 29 de junio de 1935

jueves, 5 de julio de 2018

La sangre daría él antes que abandonar estas tierras

«De todos sus colonos, el mejor era Barret; aunque a costa de grandes esfuerzos, nada le debía. y el viejo, que lo citaba como modelo a los otros arrendatarios, cuando estaba frente a él extremaba su crueldad, se mostraba más exigente, excitado por la mansedumbre del labrador, contento de encontrar un hombre en el que podía saciar sin miedo sus instintos de opresión y de rapiña. Aumentó, por fin, el precio del arrendamiento de las tierras. 

Barret protestó, y hasta lloró, recordando los méritos de su familia, que había perdido la piel en aquellos campos para hacer de ellos los mejores de la huerta. Pero don Salvador se mostró inflexible. ¿Eran los mejores?... Pues debía pagar más. Y Barret pagó el aumento. La sangre daría él antes que abandonar estas tierras que, poco a poco, absorbían su vida».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Trillando en la huerta de Vera

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martes, 3 de julio de 2018

Estaba ya en la subida de la Morera

«Aún le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber hecho sangre. 

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los Bandullos, uno a uno o todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo. 

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos. 

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto tiró de su pistola del quince; pero antes que volviera la cara sonó otro disparo y Pepet cayó redondo. 

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un quepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los Bandullos la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa. 

Ben mort está».

Guapeza valenciana. Cuentos valencianos

Vicente Blasco Ibáñez


Farmacia "La Morera"


Plano de Vicente Tosca

https://valenciablancoynegro.blogspot.com/2014/04/farmacia-de-la-morera.html

lunes, 2 de julio de 2018

Donde la paella burbujeaba ya sobre los sarmientos. Vídeo

«Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornado con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas o míseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían a la robustez. 

Los había que empuñaban escandalosos garrotes o barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran anunciar el paso de la tierra; pero otros usaban bastoncillos endebles o no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver. 

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando a los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron a la alquería del camino de Burjasot, donde la paella burbujeaba ya sobre los sarmientos, faltando sólo que le echasen el arroz».

Guapeza valenciana. Cuentos valencianos

Vicente Blasco Ibáñez


La paella valenciana