martes, 8 de octubre de 2019

Alma valenciana. Tercera parte

Alma valenciana. Tercera parte

«El valenciano que en su frugal ambición no teme por el arroz del porvenir, dedica todas sus iniciativas y entusiasmos a la cosa pública y a la admiración artística. Un pueblo en el que los mas son propietarios de algo y que no siente, como otros, la servidumbre de la dependencia económica, forzosamente ha de ser lo que siempre ha sido Valencia: una democracia, pero con tal espíritu igualitario, que no permite privilegios; y si ensalza a alguien es con apasionamiento tan vehemente y tornadizo, que el agraciado llega a no distinguir las caricias de las bofetadas. Subir dentro de él es fácil: lo difícil es sostenerse.


Vicente Blasco Ibáñez en el Cabanyal

Acto de exaltacion de "La barraca", durante la semana de homenaje. 1921.

Cortesía de Jose Navarro Escrich

El español que menos bebe es el valenciano; la embriaguez no tiene disculpa para él. Y es que no necesita del alcohol para evadirse de la normalidad de la vida. El vino lo lleva dentro, en su cabeza; y el sol, el pícaro sol -mas fuerte que el de la Provenza, que tan malas pasadas jugaba al héroe de Daudet–, al hacerlo hervir, es causa de incoherentes agitaciones.


La tertulia

José Benlliure

Esta democracia ha sido impetuosa, igualitaria y enamorada de los ideales nuevos, desde aquella revolución de las Germanías, la única de nuestra historia con carácter social. Pero vehemente y exagerada hasta en sus extravíos, hubo que verla cuando era moda el absolutismo neto y el catolicismo de navaja, en el primer tercio del siglo XIX. El mismo Fernando VII temblaba ante el fervor monárquico y religioso de sus buenos voluntarios realistas de la orilla izquierda y la derecha del Turia. El Arcángel San Miguel era capitán general honorario de Valencia, y los subalternos del celestial caudillo arrancaban los bigotes en medio de la calle a todo el que exhibía en su cara este adorno, propio de liberales; remangaban a las señoras para cortarles las cintas de los zapatos, si eran verdes, color de la Constitución, y sintiendo, con hondo disgusto, no poder quemar al librepensador Ripoll en la plaza del Mercado, por miedo a Chateaubriand y otros políticos extranjeros que habían impuesto la desaparición del Santo Oficio, se consolaban metiendo al pobre maestro, después de ahorcado, en un tonel con llamas pintadas. Los frailes, que eran los tribunos de las masas de entonces, adornaban la cruz de una encrucijada cubriéndola de huevos para solemnizar la derrota de los liberales, y al pie colocaban esta culta y hermosa redondilla, que arrancaba rugidos de entusiasmo:

"Los huevos que aquí miréis 
por humildad los ponemos, 
que otros más grandes tenemos 
y vosotros no los veis"


Poblado de La Punta. 1930

Aquí ejerció como maestro Cayetano Ripoll

https://es.wikipedia.org/wiki/Cayetano_Ripoll

Bien es verdad que pocos años después los hijos de los voluntarios realistas eran milicianos nacionales, y en Chiva derrotaban por dos veces Cabrera, a costa de esfuerzos heroicos, único ejemplo en el mundo de batallas ganadas en campo raso por batallones de tenderos e industriales.

Pero huyamos de hablar de las expansiones y correrías del alma valenciana en el campo de la política, ya que soy yo quien menos puede hacerlo con desapasionamiento e impersonalidad, y afirmemos que este pueblo, libre de las locuras del dinero, resignado con su desahogada mediocridad, independiente por tradición y limpio de servidumbre, es un pueblo de artistas.


Paseo a orillas del mar

Joaquín Sorolla. 1909

De todas las artes, la que más siente y ama es la pintura. El sol esparce una luz teatral de apoteosis sobre la inmensa vega; el verde extiende su escala de tonos por el jardín de las Hespérides; en los bosques de naranjos asoman las doradas esferas. entre ramilletes de hojas; sacuden sus cabelleras los arrozales, estremeciendo con hilos de sombra el terso espejo de los campos inundados; bogan, corno cisnes del infinito, los vellones sueltos del vapor en el lago azul del cielo; y la palmera con su surtidor de plumas, la higuera con su tronco revestido de piel de elefante, la blanca barraca con montera de paja rematada por dos cruces, no recortan duramente sus contornos sobre un horizonte africano de cruda iluminación, sino que se dibujan dulcemente entre los vapores temblones de las acequias, que al resplandor del sol poniente impregnan la atmósfera de oro gaseoso».

Alma valenciana

Vicente Blasco Ibáñez

lunes, 7 de octubre de 2019

Alma valenciana. Segunda parte

Alma valenciana. Segunda parte

«El mismo fraccionamiento de la tierra valenciana se extiende a la industria. Nadie es rico, pero muy pocos conocen la miseria. Todos sufren alguna vez las angustias que trae consigo la falta de capital, pero ignoran la esclavitud y el anulamiento que soporta el hombre en los monstruosos centros de producción creados por el industrialismo moderno.

Las grandes fabricas que existen en Valencia son casi siempre de gente de fuera. No hay que esperar que el valenciano se convierta en poderoso industrial aguijoneado por la fiebre del lucro. Trabaja únicamente para afirmar la independencia de su vida: es laborioso, emprendedor y tenaz, mientras ve inseguro el pan de la segunda mitad de su existencia; pero apenas reúne veinte mil duros (lo que considera necesario para ser burgués) abandona su industria, por próspera que la vea, y se dedica a la vida de café y de casino, a la política, a comentar la marcha del municipio, poniendo en sus nuevas ocupaciones el ardor y el apasionamiento de un levantino.


Fábrica de sombreros de paja de Francisco Romero Peris

La Semana Gráfica. 4 de mayo de 1929


Arrós y tartana, 
casaca a la moda... 
¡Y rode la bola 
a la valensiana!

Estas son, según el antiguo cantar, las aspiraciones del buen valenciano. Si al nacer se encuentra con el plato de arroz asegurado, con la tartanita que ha de llevarle al mar o a la vega alborotando el camino con el cascabeleo escandaloso de la jaca, y la casaca a la moda de que habla la canción, considera Valencia como «el mejor de los mundos posibles» y no pide más; si nace pobre, trabaja toda su juventud con la tenacidad e inteligencia de los pueblos mas laboriosos, y apenas conquista el arroz y la tartana para el resto de su vida, se da por satisfecho y entrega la herramienta con que fabricó su mezquina fortuna a los que vienen detrás: al hijo o al obrero de su confianza.


La Alameda

VAHG

El ideal de la vida, para todo valenciano que asegura su subsistencia, es el descanso físico y la agitación moral: pelear por ideales mal razonados, pero hondamente sentidos; disgustarse por cosas que muchas veces no le afectan en nada, y paladear en los ratos de calma la dulce y muelle somnolencia de lo bello en el inmenso jardín de la huerta.


Celos valencianos

Todocolección

De compararse al pueblo valenciano con algún otro, habría que acordarse de Atenas. Esto dicho así, de golpe, hará sonreír a muchos. Pero en Atenas no sólo vivían los sabios y los grandes artistas, únicos helenos que admiramos hoy al través de los siglos. 


Cocinando un all i pebre en la Albufera

http://www.parquesnaturales.gva.es/web/pn-l-albufera

Existía un pueblo sobrio, apasionado y voluble, que gustaba mas de enterarse de los chismorreos y discusiones del Ágora y de las rivalidades de los artistas, que de hacer dinero: unos ciudadanos morenos, nerviosos y algo ingobernables, que con un trozo de salazón, cuatro aceitunas y una arenga como postre, se daban por satisfechos, y, según el estado de su humor, llevaban en triunfo a los grandes compatriotas o los apedreaban, elevando en su lugar a cualquier sofista».

Alma valenciana

Vicente Blasco Ibáñez

domingo, 6 de octubre de 2019

Alma valenciana. Primera parte

Alma valenciana. Primera parte

«Pasando cierta vez por Valencia, me dijo Salmerón: 

—Siempre que visito esta tierra, noto en la gente un bienestar, una satisfacción que no encuentro en otras regiones. No hay aquí riqueza ni fausto; pero tampoco miseria.

Esa observación del gran tribuno es exacta. En Valencia apenas hay ricos que merezcan este nombre: la aristocracia nobiliaria se arruinó y hace muchos años que reside en Madrid. No llegan a una docena los que poseen una fortuna de dos o tres millones: en Valencia son potentados; en Barcelona o Bilbao figurarían en tercera fila.

En cambio no hay provincia española que tenga tantos propietarios como Valencia. La agricultura esta subdividida hasta lo infinito. Cada labriego es dueño del pedazo de suelo que cultiva. Unos son propietarios por la ley: los mas tienen la tierra en arrendamiento, transmitiéndose su posesión por herencia, dentro de la familia, desde hace siglos, sin que el verdadero dueño que reside en la ciudad ose intervenir en estas donaciones ni aumentar el arriendo que aún se cuenta por libras y sueldos como en tiempos de los reyes de Aragón. La escopeta, compañera inseparable del huertano desde que entra en la pubertad, y el fraternal y enérgico apoyo que se prestan todos los trabajadores de la vega, son los sostenes de este derecho tradicional del que extraje la trama de mi novela La Barraca.


Huerta de Ruzafa

Todocolección

"La tierra quiere ser amada", dice Michelet, y la tierra valenciana, dividida en pequeñas parcelas, teniendo sobre sí, a todas horas, una familia que necesita sacar su sustento de reducida superficie, se ve peinada, acicalada y nutrida con infinito cariño. El estiércol la alimenta y vigoriza a cada nueva cosecha; el arado la revuelve apenas se endurece, formando costras; las yerbecillas de espontánea germinación son arrancadas así que asoman, y el agua rojiza que circula por la complicada red arterial de las acequias, refresca y alisa su superficie antes de que el sol la caldee y resquebraje. Así se realiza el milagro de que una población de las más densas de España viva desahogadamente, sin miseria, en tan reducido espacio. El jornalero apenas existe. Cada uno cultiva su campo, como los ciudadanos de las antiguas repúblicas.


Siembra del arroz en La Albufera. 1960

http://vicenticoaa.blogspot.com.es/2014/07/

En la capital, la vida es semejante. Existen fabricas modernas con sus rebaños de obreros sometidos a la dura y degradante ley de los jornales; pero aún vive la industria doméstica, como recuerdo de aquella Valencia que extendía sus sederías por Europa, sin tener grandes talleres, y en la que cada obrero montaba el telar en su casa o se asociaba con tres o cuatro camaradas para laborar en el porche en fraternal cooperación.


La Lonja de la Seda

Todocolección

Todavía se cuentan hoy a miles los pequeños talleres. El obrero apenas dispone de alguna cantidad, se emancipa estableciéndose aparte con unos cuantos compañeros de trabajo que son sus auxiliares mas bien que sus subordinados.


Taller mecánico en Valencia. 1957. Foto Raga

Todocolección

El mismo fraccionamiento de la tierra valenciana se extiende a la industria. Nadie es rico, pero muy pocos conocen la miseria. Todos sufren alguna vez las angustias que trae consigo la falta de capital, pero ignoran la esclavitud y el anulamiento que soporta el hombre en los monstruosos centros de producción creados por el industrialismo moderno».

Alma valenciana

Vicente Blasco Ibáñez

viernes, 4 de octubre de 2019

Y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro

«¿Y cuándo iba a ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir a los del entrepot. 

Pero el Retor no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la colla de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre».

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Procesión de los Pasos. Mañana del Viernes Santo

Las Provincias. 4 de abril de 1931

jueves, 3 de octubre de 2019

Al llegar al puente del Real

«Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes, que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los encarnados y redondos ojos de sus faroles».

Arroz y Tartana

Vicente Blasco Ibáñez



Puente del Real

Todocolección

miércoles, 2 de octubre de 2019

Haciendo que insensiblemente se encaminara a la feria de la Alameda

«Eran las diez y media. Le sorprendió la rapidez con que había transcurrido el tiempo y continuó su camino, dispuesto a vagar sin rumbo fijo; pero los grupos de gente que siguiendo el pretil marchaban en la misma dirección le arrastraron, haciendo que insensiblemente se encaminara a la feria de la Alameda».

Arroz y Tartana

Vicente Blasco Ibáñez


Feria en La Alameda. 1968

http://125aniversario.aguasdevalencia.es/