lunes, 13 de enero de 2020

A la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava

«Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía a los crujidos dolorosos de la vieja Garbosa como si los quejidos se los arrancase a él el dolor, y miraba a lo alto, a la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito».

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Barcas a la mar. 1904

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo. 44 x 54

Museo Sorolla

sábado, 11 de enero de 2020

Dimoni era guapo. Alto, fornido

«Las mujeres que se burlaban de aquel insigne perdido habían hecho un descubrimiento. Dimoni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el campo de Marte, sino de los otros, de aquellos de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de la raza colorando su nariz con el bermellón del vino y deformado su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería».

Dimoni

Cuentos valencianos

Vicente Blasco Ibáñez



Dolçainer i tabaleter

Libro fallero. 1951

Subida por Cruz Campillo a VAHG

martes, 7 de enero de 2020

¿Resistiría la Garbosa si se les echaba encima el mal tiempo?

«Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban a dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la Garbosa si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España?»

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez


Mar de tormenta. 1899

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo. 43 x 64 

Museo Sorolla

domingo, 5 de enero de 2020

Y él, con los carrillos hinchados

«Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese conocido. Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna. 

—¡ Dimoni !... ¡Ya está ahí Dimoni ! 

Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y resoplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo. 

Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un acceso de filarmonía».

Dimoni

Cuentos valencianos 

Vicente Blasco Ibáñez


El "dolçainer" animando la fiesta de las Fallas. Años 50

https://valenciablancoynegro.blogspot.com/2012/03/

viernes, 3 de enero de 2020

La Navidad según Blasco Ibáñez. Y 21

«--Di a Adela y a Nelet que entren.

Toda la servidumbre de la casa se plantó a estilo de coro de zarzuela ante el sillón de la señora. Entre los tres cruzábanse alegres miradas, sonrisas de satisfacción.

Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, por ser el día de la señora. Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que estaba de su mérito como cocinera. El ceño de la habilidosa muchacha se dilató por primera vez en todo el día, y los tres salieron apresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de sus empellones y correteos.

Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, su hermana era una loca, que odiaba el dinero. ¡Mire usted que tirar tres duros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?

Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchó con expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándose en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña.

--Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez de respetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que no le parece bien dar un duro a cada criado; a mí tampoco, pero hijo mío, la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economías, la gente cree que va de capa caída, suposición que a nadie gusta. ¿No crees tú lo mismo?»

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez



Chachas o amas de cría (sic). Valencia. Fotógrafo Damián

Todocolección

miércoles, 1 de enero de 2020

La Navidad según Blasco Ibáñez. 20

«Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el héroe de la fiesta: un soberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.

Don Juan contemplábalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosa no la destrozaría el desmañado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprendí de médico, entendería de estas cosas.

Las niñas protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que su hermano las había hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sus hazañas en el anfiteatro anatómico.

--No, Rafael no--gritó Amparito--. Si él toca el capón no comemos.

¡Vaya un asco! ¡Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido al curso de anatomía media docena de veces...! Al fin, el tío, en vista de las protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad de solterón sabía un poco de todo.... ¡Brava manera de masticar! Confesaban que la comida les subía ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tan excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo entre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando con lentitud y emprendiéndola después con los huesos. El tío se mostraba como un valiente.

Aparecieron los postres. Cubrióse la mesa de tajadas de melón, peras y manzanas, avellanas y nueces; pero esto pasó sin gran éxito, atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandó Juanito.

Después, la clásica sopada , sin la cual don Juan no comprendía los banquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadas filas de pequeños bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como él, carecían de dentadura. Sabía a gloria; pero a pesar de tantos elogios, recibió como en triunfo el turrón de Jijona y los pasteles de espuma. También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas, que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago. Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su hermana por tenerle contento. Ahora había que retirar el vino de los Escolapios: «no estaba en carácter»; y por esto el viejo saludó alegremente la aparición en la mesa de las botellas de licor de diferentes formas y clases».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez








Postres Martí

Todocolección