lunes, 7 de mayo de 2018

Blasco Ibáñez es un melómano

«Blasco Ibáñez es un melómano; la música le produce estremecimientos inefables; Beethoven y Wagner son sus ídolos; muchas de sus cuartillas las escribió cantando... Y, sin embargo, hay momentos en que las notas del pentagrama se ofrecen a su imaginación como algo extenso, palpable, sujeto a las leyes del color y de la línea».

Mis contemporáneos

Eduardo Zamacois



Ludwig van Beethoven

Retrato realizado por Joseph Karl Stieler en 1820


Wilhelm Richard Wagner

http://www.abc.es/


La orquesta en el estreno de "La Valquiria" de Wagner en Valencia hacia el 1907

Plaza de toros

Biblioteca Valenciana

Foto de Martín Vidal Romero

Subida por Kike Benavent‎ a VAHG



Todocolección

domingo, 6 de mayo de 2018

Cansada de oirle su madre, que tenía el genio pronto y la mano dura

«Un día Vicentet se negó a comer; no tenía apetito, no le gustaba el almuerzo. Cansada de oirle su madre, que tenía el genio pronto y la mano dura, fuése a él y, asiéndole por los cabezones, le propinó una azotaina memorable. Aquel dolor físico, lejos de abatir al muchacho, le serenó, despertó su hambre y le permitió comer perfectamente. Yo veo compendiada en esta sencilla anécdota infantil toda la psicología del futuro artista: voluntad sin miedo, para quien el esfuerzo rudo y los vaivenes de la pelea habían de ser más tarde motivos de pasatiempo y regocijo».

Mis contemporáneos

Eduardo Zamacois


Ramona Ibáñez Martínez

http://elargonautavalenciano.blogspot.com.es/2016/01/la-familia-blasco-ibanez-1867.html


Ramona Ibáñez Martínez

http://casamuseoblascoibanez.com/

sábado, 5 de mayo de 2018

Que en "Cañas y barro" arregla a culatazos las cuestiones de sus feligreses

«Entre los ascendientes más notables de Blasco Ibáñez figura un clérigo aragonés, llamado Mosén Francisco, hermano de su abuela materna. Aquel tipo membrudo y violento, que peleó á las órdenes de Cabrera en la primera guerra civil, dejó en la memoria impresionable del futuro escritor emoción duradera. Blasco, niño entonces, no ha olvidado el porte belicoso de aquel gigante, a ratos sacerdote y guerrero a ratos, cobrizo como un marroquí, que tenía zarpas de oso y caminaba con ritmo marcial. Así, aunque disfrazado de modos diversos, en el transcurso de su obra el recuerdo de Mosén Francisco asoma varias veces. Yo sospecho su lejana influencia en la confección de aquel «pare Miquel», «con gorra de pelo y carabina», que en Cañas y barro arregla a culatazos las cuestiones de sus feligreses; y en aquel temible «don Sebastián», ambicioso y soberbio, que vive desenfadadamente con una hija suya en su palacio arzobispal de Toledo; y un poco, quizá, en «don Facundo», el cura bonachón y caballista de El intruso; y también en aquel «Priamo Febrer», caballero de Malta, mitad guerrero y mitad sacerdote, cuya sombra pasa con el ruido bélico de sus acicates por las páginas de Los muertos mandan. Sin duda el escritor, paladín ardoroso de la libertad, recuerda con simpatía al fanático Mosén Francisco. ¿Cómo? Acaso porque la intransigencia de aquel hombre, que tantas veces sacrificó su tranquilidad y expuso su vida por un ideal, guarda una belleza, merced a la cual, ¡oh indulgencia divina del arte!, el novelista comprende al guerrillero y le estrecha las manos».

Mis contemporáneos

Eduardo Zamacois


Fotograma de la serie de RTVE "Cañas y barro". 1978

http://www.rtve.es/alacarta/videos/canas-y-barro/

viernes, 4 de mayo de 2018

¡Rosario!... ¿Eres tú?

«De las cerradas y silenciosas casas salía el hálito de la crápula barata, ruidosa y sin disfraz: un olor de carne adobada y putrefacta, de vino y de sudor. Por las rendijas de las puertas parecía escapar la respiración entrecortada y brutal del sueño aplastante después de una noche de caricias y caprichos amorosos de borracho.

Pepeta oyó que la llamaban. En la puerta de una escalerilla le hacía señas una buena moza, despechugada, fea, sin otro encanto que el de una juventud próxima a desaparecer: los ojos húmedos, el moño torcido, y en las mejillas manchas de colorete de la noche anterior: una caricatura, un payaso del vicio. 

La labradora, apretando los labios con un mohín de orgullo y desdén para que las distancias quedasen bien marcadas, comenzó a ordeñar las ubres de la Rocha dentro del jarro que le presentaba la moza. Esta no quitaba la vista de la labradora.

—Pepeta! —dijo con voz indecisa, como si no tuviese la certeza de que era ella misma. 

Levantó su cabeza Pepeta; fijó por primera vez sus ojos en la mujerzuela, y también pareció dudar. 

—¡Rosario!... ¿Eres tú? 

Sí, ella era: lo afirmaba con tristes movimientos de cabeza. Y Pepeta, inmediatamente, manifestó su asombro. ¡Ella allí!... ¡Hija de unos padres tan honrados!... ¡Qué vergüenza, Señor!... 

La ramera, por costumbre del oficio, intentó acoger con cínica sonrisa, con el gesto escéptico del que conoce el secreto de la vida y no cree en nada, las exclamaciones de la escandalizada labradora. Pero la mirada fija de los ojos claros de Pepeta acabó por avergonzarla, Y bajó la cabeza como si fuese a llorar».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Fotograma de la serie de RTVE "La barraca". 1979

http://www.rtve.es/television/la-barraca/

jueves, 3 de mayo de 2018

El Cristo del Grao se ocupaba en protegerles

«El Mare nostrum no podía naufragar ni sufrir daño alguno mientras le llevase a él. En días de tormenta, cuando las olas barrían la cubierta de proa o popa y los marineros avanzaban recelosos, temiendo que se los llevase un golpe de mar, Caragol sacaba la cabeza por la puerta de la cocina, despreciando un peligro que no podía ver. 

Las trombas de agua pasaban sobre él, yendo a apagar sus fogones, pero esto enardecía su fe. «¡Animo, muchachos!». El Cristo del Grao se ocupaba en protegerles, y nada malo podría ocurrirle al buque… Unos marineros callaban; otros, irritados, se hacían esto y aquello en la imagen y su santa escala, sin que el devoto se indignase. Dios, que envía los peligros al hombre de mar, sabe que sus malas palabras carecen de malicia. 

Su religiosidad se extendía a las profundidades. Nada quería decir de los peces del Océano. Le inspiraban la misma indiferencia que aquellos buques fríos y sin perfume que ignoraban el aceite y todo lo guisaban con «pomada». Debían ser herejes».

Mare Nostrum

Vicente Blasco Ibáñez


Procesión del Cristo del Grao. 1913

Barberá Masip

http://www.abc.es/

miércoles, 2 de mayo de 2018

Se metió valerosamente en los sucios callejones

«Como también encontraba en él despacho la pobre huérfana se metió valerosamente en los sucios callejones, que parecían muertos a aquella hora. Siempre, al entrar, sentía cierto desasosiego, una repugnancia instintiva de estómago delicado. Pero su espíritu de mujer honrada y enferma sabía sobreponerse a esta impresión, y continuaba adelante con cierta altivez vanidosa, con un orgullo de hembra casta, consolándose al ver que ella, débil y agobiada por la miseria, aún era superior a otras. 

De las cerradas y silenciosas casas salía el hálito de la crápula barata, ruidosa y sin disfraz: un olor de carne adobada y putrefacta, de vino y de sudor. Por las rendijas de las puertas parecía escapar la respiración entrecortada y brutal del sueño aplastante después de una noche de caricias y caprichos amorosos de borracho».

La barraca

Vicente Blasco Ibañez


Barrio de Pescadores

http://valenciablancoynegro.blogspot.com.es/2014/12/

martes, 1 de mayo de 2018

Siempre serio y pronto para el trabajo

«Siempre serio y pronto para el trabajo, Tono no daba a su padre el más leve disgusto. El tío Paloma, que no podía pescar acompañado, pues al menor descuido se enfurecía e intentaba pegar al camarada, jamás reñía a su hijo, y cuando, entre bufidos de mal humor, intentaba darle una orden, ya el muchacho, adivinándola, había puesto manos a la obra.»

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez


La Albufera

http://obesia.com/