jueves, 7 de febrero de 2019

Sus infortunios como carretero le habían hecho conocer las bestias

«Batiste no parecía descontento del examen: pero hizo esfuerzos por mostrarse disgustado, valiéndose de mohínes y toses. Sus infortunios como carretero le habían hecho conocer las bestias, y se reía interiormente de algunos curiosos que, influídos por el mal aspecto del caballo, discutían con el gitano, diciendo que sólo era bueno para enviarlo a la Caldera. Su aspecto triste y cansado era el de los animales de trabajo que obedecen con resignación mientras pueden sostenerse».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Alrededores de Valencia. Entrada en Valencia

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miércoles, 6 de febrero de 2019

Apareció junto a éste un gitano, obsequioso, campechanote

«Apenas pasó una mano por las ancas del rocín, apareció junto a éste un gitano, obsequioso, campechanote, tratándole como si le conociese toda su vida. 

—Es un animal de perlas; bien se ve que usted conoce las buenas bestias... y barato: me parece que no reñiremos... ¡Monote!, sácalo de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea. 

Y el aludido Monote, un gitanillo con el trasero al aire por las roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió al caballo del ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena, seguido de la pobre bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas veces repetida. 

Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno a Batiste y al gitano, que seguían con sus miradas la marcha del animal. Cuando volvió Monote con el caballo, el labriego lo examinó detenidamente. Metió sus dedos entre la amarillenta dentadura, pasó sus manos por las ancas, levantó sus cascos para inspeccionarlos, lo registró cuidadosamente entre las piernas. 

—Mire usted, mire usted —decía el gitano—, que para eso está... Más limpio que la patena. Aquí no se engaña a nadie: todo natural. No se arreglan los animales, como hacen otros, que desfiguran un burro en un santiamén. Lo compré la semana pasada y ni me he cuidado de arreglarle esas cosillas que tiene en las piernas. Ya ha visto usted con qué salero bracea... ¿Y tirar de un carro?... Ni un elefante tiene su empuje. Ahí en el cuello, verá usted las señales».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Estampa. 17 de julio de 1928


martes, 5 de febrero de 2019

Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias

«Para concertar los chambos y solemnizar las ventas buscábase el amparo de un sombrajo, bajo el cual una mujerona vendía bollos adornados por las moscas o llenaba pegajosas copas con el contenido de media docena de botellas alineadas sobre una mesa de cinc. 

Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias, sin hacer caso de los vendedores que le asediaban adivinando su intención.

Ninguna le gustaba. ¡Ay, pobre Morrut! ¡Cuán difícil era encontrarle un sucesor! De no verse acosado por la necesidad, se hubiera ido sin comprar; creía ofender al difunto fijando su atención en aquellas bestias antipáticas. 

Al fin se detuvo ante un rocín blanco, no muy gordo ni lustroso, con algunas rozaduras en las piernas y cierto aire de cansancio; una bestia de trabajo que, no obstante su aspecto de abrumamiento, parecía fuerte y animosa».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez


Mercado de caballerías

Todocolección

lunes, 4 de febrero de 2019

Al desembarcar había estado dos horas en un café de Boulogne

«Sabía a qué atenerse. Había desembarcado a las diez de la noche, aún no hacía veinticuatro horas que pisaba tierra, y su mentalidad era la de un hombre que viene de lejos, a través de las inmensidades oceánicas, de los horizontes sin obstáculos, y se sorprende viéndose asaltado por las preocupaciones que gobiernan a los grandes grupos humanos. Al desembarcar había estado dos horas en un café de Boulogne, contemplando cómo las familias burguesas pasaban la velada en la monótona placidez de una vida sin peligros. Luego, el tren especial de los viajeros de América le había conducido a París, dejándolo a las cuatro de la madrugada en un andén de la estación del norte entre los brazos de Pepe Argensola, joven español al que llamaba unas veces mi secretario y otras mi escudero, por no saber con certeza qué funciones desempeñaba cerca de su persona. En realidad era una mezcla de amigo y de parásito, el camarada pobre complaciente y activo que acompañaba al señorito de familia rica en mala inteligencia con sus padres, participando de las alternativas de su fortuna, recogiendo las migajas de los días prósperos e inventando expedientes para conservar las apariencias en las horas de penuria».

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Vicente Blasco Ibáñez


Boulogne sur Mer

Todocolección