miércoles, 30 de marzo de 2022

Sintió miedo viendo a su padre correr por el camino con la escopeta preparada

«Batistet se quedó junto al caballo intentando restañarle la sangre con su pañuelo de la cabeza.

Sintió miedo viendo a su padre correr por el camino con la escopeta preparada, ansioso de dar desahogo a su furor matando.

Era terrible el aspecto de aquel hombretón, siempre tranquilo y cachazudo. Despertaba la fiera en él, cansado de que lo hostigasen un día y otro día. En sus ojos, inyectados de sangre, brillaba la fiebre del asesinato; todo su cuerpo se estremecía de cólera, esa terrible cólera del pacífico, que, cuando rebasa el límite de la mansedumbre es para caer en la ferocidad».

La barraca

Vicente Blasco Ibáñez



Valenciano con fusil. 1888

Foto Esplugas. Archivo José Huguet

Cortesía de José Navarro Escrich

lunes, 28 de marzo de 2022

Su madre ya no podía ir al Mercado de Valencia

«Neleta era también como de la familia. Su madre ya no podía ir al Mercado de Valencia. La humedad de la Albufera parecía habérsele filtrado hasta la médula de los huesos, paralizando su cuerpo, y la pobre mujer permanecía inmóvil en su barraca, gimiendo a impulsos de los dolores de reumática, gritando como una condenada y sin poder ganarse el sustento. Las compañeras del Mercado la daban como limosna algo de sus cestas, y la pequeña, cuando sentía hambre en su barraca, corría a la de Tonet, ayudando a la Borda en sus tareas con una autoridad de niña mayor. El tío Tono la acogía bien. Su generosidad de luchador en continuo combate con la miseria le hacía ayudar a todos los caídos».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



Plaza del Mercado

Colección José Aleixandre

Levante-emv.com/fotos/valencia/2021/12/05/lucia-lonja-valencia-principios-siglo-60301783.html


sábado, 26 de marzo de 2022

¡Vaya una pesca! A quintales iba a salir el pescado

«La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.

De la barca vieja que formaba pareja con Flor de Mayo, preguntaban si era llegado el momento de chorrar.

El Retor sonrió con amargura. Bueno, que chorrasen; lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de Flor de Mayo agarró el cabo de la red que arrastraba la pareja y comenzó a tirar con gran esfuerzo.

Tonet y los marineros, a pesar de lo ruda que era la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! A quintales iba a salir el pescado».

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Llegada de la pesca en la playa del Cabañal

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jueves, 24 de marzo de 2022

La pobre Borda atendía a los quehaceres del hogar con la precocidad de las criaturas desgraciadas

«Cuando murió la madre pareció renacer el antiguo afecto entre el abuelo y su hijo. El tío Paloma lamentó la ausencia de aquel ser dócil que sufría en silencio todas sus manías; sintió crearse el vacío en torno de él y se agarró al hijo, poco obediente a su voluntad, pero que jamás osaba contradecirle en su presencia.

Pescaron juntos, lo mismo que en otros tiempos; iban algún rato a la taberna como camaradas, mientras en la barraca la pobre Borda atendía a los quehaceres del hogar con la precocidad de las criaturas desgraciadas».

Cañas y barro

Vicente Blasco Ibáñez



El Palmar. Circa 1915

Baldomer Gili Roig

Museu d'Art Jaume Morera

martes, 22 de marzo de 2022

Ráfagas largas y frías agitaban las velas

«El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos estremecimientos.

La Flor de Mayo y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del bou, que cada vez se hacía más pesada y tirante.

El Retor iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la marcha de la barca.

Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir de él. Cuando no miraba a su hermano, contemplaba a Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar a aquel mar que en su segundo viaje comenzaba a mostrarse alborotado.

La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos a cada paso a caer al agua».

Flor de mayo

Vicente Blasco Ibáñez



Una ráfaga de viento. 1904

Joaquín Sorolla y Bastida

Óleo

IVAM. Institut Valencià d'Art Modern. Valencia


domingo, 20 de marzo de 2022

Las Fallas según Blasco Ibáñez. Y 10

«La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados, que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo al lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentaban oponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres era impotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinación de sonreír con tolerancia y retirarse a un portal.

La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía más lóbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hoguera manojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo de chispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosas curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de trabucazo. Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en el aire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en el portal, sordos y ciegos.

Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura y los chiquillos desertaban en grupos, buscando otras fallas que no hubiesen llegado al período de la agonía».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez



Comisión fallera ante los restos de la falla


Todocolección


viernes, 18 de marzo de 2022

Las Fallas según Blasco Ibáñez. 09

«La hoguera crecía rápidamente. Las inquietas llamas, moviéndose de un lado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajos de blanca muselina y las cintas de raso de los bebés. El fuego jugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas. De repente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devoró, escupiéndolos después como negras pavesas, que revoloteaban sobre las cabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardían como grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordaba los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de Nerón.

Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los organizadores de la falla con pesados puntales, golpeaban el armazón de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para que cayeran en el rojo cráter.

La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antes presenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída de los monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire sus piernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanse risas y berridos.

La falla se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y un torbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de los tejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno, tiñéndolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropas humeantes, retirábase a las inmediatas calles; los de los pisos bajos cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el ambiente abrasador, saltaban con estrépito.

Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leños ennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas. Algunos maderos estaban erizados de innumerables y pequeñas llamas, como si fuesen cañerías de gas.

La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras fallas. La temperatura bajaba, el incendio iba achicándose, la frescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertas volvían a abrirse.

La falla seguía ardiendo, con sus estallidos de leña vieja, que sonaban como tiros».

Arroz y tartana

Vicente Blasco Ibáñez


La primera representación gráfica de las fallas, viñeta publicada en el “Calendario pintoresco, profético, astrológico y lunático del Reino de Valencia”, año 1860. Alude y critica la moda del miriñaque, tan usado en aquella  época

http://enateneo.blogspot.com/2013/03/antiguas-fallas-en-valencia-parte-i.html